El último aliento de mamá

El último aliento de mamá

Llamó a los peones de la hacienda con un grito fuerte. Dos hombres fornidos me
agarraron de los brazos con mucha violencia.

Me arrastraron por el patio de piedra hasta la puerta principal. La lluvia me
empapó la ropa y el frío me cortó la piel.

Me tiraron al lodo oscuro que se formaba en el camino. La pesada puerta de
madera crujió al cerrarse con doble llave.

Me quedé tirada en el barro, llorando bajo el cielo negro. El dolor del cáncer y
el frío se mezclaron en mi cuerpo.

Sentí que la sangre escurría lentamente por mis piernas temblorosas. Abrace mi
vientre pidiéndole perdón a mi hijo por fallarle así.

Me levanté a duras penas, apoyándome en la pared de piedra. Tenía que llegar al
hospital del pueblo antes de perder el conocimiento.

Caminé por la carretera vacía mientras los autos pasaban a toda velocidad. Nadie
se detuvo a ayudar a una mujer cubierta de lodo.

La vista se me apagaba por momentos debido a la debilidad. Escupí sangre oscura
sobre el pavimento mojado por la fuerte lluvia.

Mi respiración era corta y mi corazón latía demasiado despacio ahora. Sabía que
mi cuerpo estaba llegando a su límite final absoluto.

Mientras tanto, en la hacienda, Doña Catalina celebraba su gran victoria. Sirvió
una copa de coñac fino para brindar por su éxito.

Llamó a las empleadas domésticas con su tono autoritario de siempre. Les ordenó
que fueran a limpiar mi habitación a fondo inmediatamente.

Quería que sacaran cualquier rastro de mi existencia en esa casa. Quería borrar
mi olor, mi ropa y mis recuerdos para siempre.

Pero las empleadas estaban ocupadas limpiando el desastre del comedor grande.
Doña Catalina, impaciente y furiosa, decidió ir ella misma al cuarto.

Nunca imaginé quién estaba detrás de mi propio final.

Subió las escaleras con pasos firmes y llenos de enorme soberbia. Abrió la
puerta de la que fue mi habitación de casada.

Todo estaba en orden, tal como yo lo había dejado antes. Ella empezó a revisar
los cajones buscando objetos de gran valor.

Se agachó para mirar debajo de la base de la cama. Fue entonces cuando notó que
una tabla del piso estaba levantada.

La curiosidad venció el orgullo de la vieja matriarca de hierro. Se arrodilló,
ensuciando su fino vestido de seda con el polvo.

Metió la mano en el hueco oscuro y frío del suelo. Sus dedos tocaron la madera
tallada de mi caja de recuerdos.

Sacó la caja pequeña y la puso sobre la cama tendida. No tenía candado, así que
la abrió sin ningún esfuerzo real.

Adentro encontró mi diario forrado de tela y el sobre amarillo. La señora
frunció el ceño, pensando que encontraría dinero robado o joyas.

Abrió el sobre del hospital con un movimiento rápido y brusco. Leyó el
diagnóstico médico firmado por el doctor principal del pueblo.

Las letras hablaban de un cáncer gástrico terminal en etapa final. Hablaban de
vómitos con sangre y una muerte dolorosa e inminente.

El papel cayó de sus manos temblorosas al suelo de madera. Su mente no podía
procesar la información que estaba leyendo ahora.

Pero el destino le tenía reservado un golpe mucho más fuerte.

PARTE 3

Doña Catalina vio que había otro papel dentro de la caja. Era un ultrasonido
reciente, impreso en papel térmico blanco y negro.

La imagen mostraba una pequeña silueta de apenas unas cuantas semanas. Arriba de
la imagen, estaba escrito mi nombre completo con claridad.

El corazón de la anciana dio un vuelco en su pecho. Agarró el diario forrado de
tela con las manos temblando violentamente.

Abrió las páginas gastadas y empezó a leer mi letra cursiva. Leyó las entradas
que había escrito durante las últimas noches dolorosas.

"Hoy el dolor es insoportable, pero el bebé pateó por primera vez". "Le pido a
Dios que me deje vivir solo para dar a luz".

La señora Catalina pasó la página con la respiración muy agitada. Sus ojos se
clavaron en el último párrafo que escribí ayer.

"Sé que Doña Catalina me odia con toda su alma herida. Pero yo sé que ella solo
sufre por la muerte del patrón. Por eso no voy a tomar el tratamiento que me
salva la vida. Quiero dejarle este niño para que su casa vuelva a tener luz.
Cuando yo muera, ella tendrá un nieto a quien amar sin medida".

Una lágrima gruesa cayó sobre la tinta azul del cuaderno abierto. La mujer de
hierro se rompió en mil pedazos en ese instante.

Se dio cuenta de que había condenado a muerte a su propio nieto. Había echado a
la calle a la única persona dispuesta a salvarla.

Se llevó las manos a la cara y soltó un grito desgarrador. Un grito de dolor
profundo que resonó por toda la hacienda.

El fantasma de la culpa la golpeó con una fuerza destructiva total.

Corrió por los pasillos empujando los muebles que estorbaban su paso. Bajó las
escaleras casi resbalando por la desesperación de su carrera.

Abrió la puerta principal de madera pesada sin importarle la tormenta. La lluvia
golpeó su rostro pálido y sus ropas finas de seda.

Gritó mi nombre hacia la oscuridad de la carretera completamente vacía. Solo los
truenos respondieron a su llamado lleno de pánico absoluto.

Ordenó a los peones que encendieran las camionetas grandes de inmediato.
Salieron en caravana a buscarme por todos los caminos del pueblo.

Doña Catalina iba en el asiento del copiloto, llorando sin ningún consuelo.
Apretando el pequeño ultrasonido contra su pecho como un escudo roto.

Recorrieron la carretera principal iluminando las zanjas con los faros altos. El
lodo dificultaba la visión en medio de la noche cerrada.

A lo lejos, cerca de la entrada del hospital público regional, vieron algo.
Había luces rojas y azules parpadeando bajo la lluvia torrencial incesante.

Una ambulancia estaba estacionada junto a la acera inundada de agua. Los
paramédicos corrían de un lado a otro con rostros serios.

Doña Catalina bajó de la camioneta antes de que se detuviera por completo.
Corrió por los charcos manchando sus zapatos caros de barro sucio.

Se abrió paso entre los enfermeros empujándolos con toda su fuerza. Y entonces
vio la escena que la marcaría por la eternidad.

Yo estaba tirada en una camilla fría cubierta de sábanas blancas. Mi rostro
estaba pálido como el papel y mis labios morados.

La sangre manchaba mi vestido barato en la parte del estómago. Un paramédico
estaba haciendo presión sobre mi pecho tratando de reanimarme.

Pero la máquina a mi lado emitía un sonido largo y constante.

La línea verde en la pantalla plana no tenía ningún movimiento. El doctor miró
su reloj brillante y negó con la cabeza cansado.

—Hora de muerte, once de la noche con cuarenta minutos exactos. —¡No, por favor,
salven a la muchacha! —Lo siento señora, ella y el bebé ya no tienen signos
vitales.

El mundo de Doña Catalina se derrumbó en un abismo oscuro. Cayó de rodillas en
un charco de agua sucia y ensangrentada.

Tomó mi mano fría y sin vida entre sus manos arrugadas. Me pidió perdón a
gritos, suplicando que abriera los ojos nuevamente.

Pero yo ya no podía escuchar sus lamentos llenos de arrepentimiento. Mi
sacrificio había terminado en una tragedia absoluta por su crueldad.

Alejandro llegó al hospital dos horas después tras recibir la noticia. Había
descubierto que las pruebas de los robos eran falsas totalmente.

Al ver mi cuerpo sin vida, el hombre se volvió completamente loco. Repudió a su
madre en ese mismo pasillo frente a todos.

Le juró que nunca le perdonaría haberme asesinado a mí y al bebé. Recogió sus
cosas y desapareció de Jalisco esa misma madrugada fría.

Doña Catalina se quedó sola en la inmensa hacienda para siempre. El dinero y el
poder no le sirvieron para comprar la paz.

Mandó a construir un altar gigante en el centro del gran salón. Puso mi
fotografía sonriente junto a la pequeña imagen del ultrasonido.

Todos los días enciende velas blancas y reza de rodillas llorando. Pero el eco
de la casa vacía es su única respuesta diaria.

Se volvió loca vagando por los pasillos llamando a un nieto fantasma. La gente
del pueblo dice que sus gritos se escuchan de noche.

Mi cuerpo descansa bajo la tierra húmeda del cementerio del pueblo. Me fui de
este mundo buscando entregar amor y recibí odio puro.

La hacienda Los Rosales ahora es un monumento a la culpa eterna. Y el último
aliento de mi vida fue el comienzo de su infierno.

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