Un trato en las sombras

Un trato en las sombras

Entonces ocurrió algo que parecía totalmente imposible.

Diego salió de uno de los cubículos del baño frente a ellos. Se estaba lavando
las manos con mucha tranquilidad y jabón.

Arturo y Roberto se quedaron callados al verlo ahí dentro. La tensión en el aire
se podía cortar con cuchillo.

—¿Qué haces aquí, Diego? —preguntó Arturo con evidente nerviosismo acumulado.

—Solo me lavo las manos antes del gran final, señores. La abogada de enfrente
parece tener mucha energía el día de hoy.

Diego se secó las manos con una toalla de papel. Al salir del baño, me vio
escondida detrás de la columna.

Me miró fijamente y asintió con la cabeza una sola vez. Era la señal definitiva
que necesitaba para actuar ahora.

Regresé a la sala del tribunal con pasos muy firmes. Me senté junto a Elena y le
tomé la mano.

El juez Gómez volvió a entrar y golpeó su mazo. La sala entera quedó en un
silencio sepulcral y pesado.

—Abogada Valeria, es su turno de presentar las pruebas iniciales. ¿Tiene los
documentos que mencionó en su informe previo?

El asistente de Arturo me clavó la mirada desde atrás. Sabía que si abría la
carpeta roja, era mi fin.

Respiré profundo y me puse de pie frente al juez. Agarré la carpeta roja con
ambas manos sin dudarlo más.

No iba a derramar ni una sola lágrima por ese cobarde. Mi ética profesional
valía más que cualquier puesto de trabajo.

—Sí, su señoría. Tengo pruebas que cambian el rumbo del caso.

Caminé hacia el estrado y le entregué la carpeta directamente. El juez la abrió
y empezó a leer con mucha atención.

El abogado Diego se levantó de su silla de inmediato. Todos esperaban que
gritara la típica palabra de objeción.

—Su señoría, la defensa tiene algo que añadir al respecto.

El juez levantó la vista de los papeles muy sorprendido. Se quitó los lentes de
lectura con un movimiento lento.

—¿Qué tiene que decir, abogado Diego? —preguntó el juez con severidad.

Solo una declaración destruyó el mundo de los corruptos.

—Mi clienta, la parte demandada, retira todas las acusaciones actuales. Y me
declaro a favor de la abogada Valeria ahora.

Roberto se levantó de su silla con la cara roja. Empezó a gritarle a Diego en
medio de la sala.

—¡Estás despedido! ¡Eres mi abogado, tienes que defenderme a mí!

Diego sonrió con esa misma arrogancia de siempre, pero diferente. Metió la mano
derecha dentro de su saco azul marino.

Sacó una placa metálica dorada y la puso en alto. Brillaba bajo las luces
blancas de la sala del juzgado.

—Diego Silva, agente encubierto de la Unidad de Inteligencia Financiera.
Roberto, estás bajo arresto por fraude y lavado de dinero.

La sala entera explotó en gritos de sorpresa y caos. El asistente de Arturo
salió corriendo hacia la puerta principal.

Pero dos policías federales ya estaban bloqueando la salida doble. Entraron más
agentes armados y rodearon la mesa de Roberto.

Me quedé parada en el centro de la sala, paralizada. Todo este tiempo, el
enemigo era en realidad mi aliado.

Diego se acercó a mí mientras esposaban a su falso cliente. Guardó su placa en
el bolsillo interior del saco azul.

—Tardaste un poco en entender mis pistas de la mañana. Pensé que las abogadas
estrella eran más rápidas para deducir.

Sonreí de lado sintiendo una enorme liberación en el pecho. El peso del mundo
había desaparecido de mis hombros tensos.

—Me tomó quince minutos hackear el servidor de mi jefe. Creo que fui bastante
rápida para ser mi primer crimen.

Nos reímos juntos mientras el caos seguía a nuestro alrededor. Elena me abrazó
llorando de felicidad por su libertad recuperada.

En ese momento vi entrar a Arturo esposado por policías. Lo habían atrapado en
el estacionamiento intentando huir del país.

Me miró con un odio profundo mientras pasaba frente a mí. Yo simplemente me
acomodé el traje negro con mucha dignidad.

—El juego se acabó, Arturo —le dije mirándolo a los ojos.

Seis meses después, la vida había cambiado de forma radical. El antiguo despacho
de Arturo fue clausurado por el gobierno.

Yo abrí mi propia firma legal en el centro financiero. Era un lugar pequeño pero
lleno de gente muy honesta.

Estaba revisando unos contratos cuando la puerta de cristal sonó. Levanté la
vista y vi a Diego entrando con flores.

Llevaba un traje menos llamativo y una sonrisa más sincera. Se sentó frente a mi
escritorio sin pedir ningún permiso.

—Tengo un caso nuevo y necesito a la mejor abogada. ¿Estás disponible para
asociarte conmigo en esta nueva aventura?

Cerré mi computadora portátil y me crucé de brazos sonriendo. Miré las flores
blancas y luego sus ojos oscuros.

—Depende, ¿vas a seguir mandándome códigos ocultos en el juicio?

—Solo si prometes invitarme a cenar cuando ganemos el caso.

Tomé la carpeta que me ofrecía sobre la mesa de madera. La abrí sabiendo que
esta vez, estábamos en el mismo bando.

Mi vida ya no era la mentira perfecta de antes. Ahora era una realidad caótica,
justa y maravillosamente feliz.

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