Cuenta anónima
PARTE 3
La noche de la fiesta, la terraza en Polanco lucía espectacular. Las luces de la
ciudad brillaban bajo el cielo despejado de México. Meseros de guante blanco
repartían copas de champaña importada y canapés.
Todos mis compañeros de trabajo vestían trajes de diseñador muy costosos. Yo
llegué con un traje sencillo pero impecablemente limpio y planchado. Las miradas
de desprecio no se hicieron esperar cuando crucé la puerta.
Valeria llevaba un vestido rojo ajustado que robaba todas las miradas. Parecía
una estrella de cine desfilando por la alfombra roja brillante. Caminaba del
brazo de don Arturo, presumiendo su nuevo y falso poder.
Me ubiqué en una esquina oscura cerca de la barra principal. Pedí un vaso de
agua mineral y observé a los invitados. Todos se acercaban a felicitar a Valeria
con hipocresía y envidia.
La música jazz sonaba de fondo creando un ambiente muy sofisticado. Yo revisé mi
reloj de pulsera negro y esperé la señal. Faltaban exactamente diez minutos para
que el show principal comenzara.
De pronto, don Arturo tomó un micrófono y pidió absoluto silencio. La música se
detuvo y todos los invitados voltearon a mirarlo. Él levantó su copa con una
sonrisa cargada de maldad pura.
— Buenas noches a todos los presentes —comenzó a decir el director—. Hoy estamos
aquí para celebrar el talento y la belleza. Valeria ha demostrado ser la mejor
ejecutiva de nuestra prestigiosa sucursal.
Todos aplaudieron con entusiasmo mientras Valeria lanzaba besos al aire libre.
Ella tomó el micrófono y comenzó a dar un discurso falso. Habló del esfuerzo, la
honestidad y los valores de la empresa.
Sin embargo, algo extraño sucedió a mitad de su patético discurso. Don Arturo
hizo una señal a los guardias de seguridad privada. Dos hombres robustos
cerraron las puertas principales de la lujosa terraza.
— Pero no todo es alegría esta noche —dijo Arturo, cambiando su tono—.
Lamentablemente, hemos descubierto una manzana podrida dentro de nuestra gran
familia. Alguien ha estado robando fondos de nuestros clientes más importantes.
El silencio en el lugar se volvió pesado y muy tenso. Todos comenzaron a
murmurar y a mirarse unos a otros asustados. Arturo me señaló directamente con
su dedo índice frente a todos.
— Mateo, quedas despedido en este preciso momento —gritó el director furioso—.
Tenemos pruebas de que desviaste millones de dólares a cuentas extranjeras. La
policía viene en camino para arrestarte por este fraude millonario.
Valeria me miró con una expresión de tristeza fingida y lástima. Algunos
compañeros comenzaron a reírse por lo bajo, disfrutando mi caída. Pensaban que
el bicho raro finalmente iba a recibir su merecido.
Yo no corrí, no lloré y no supliqué piedad ante ellos. Simplemente di un paso al
frente y solté una pequeña carcajada. El sonido de mi risa hizo que don Arturo
frunciera el ceño.
— ¿Te parece gracioso ir a prisión, imbécil? —preguntó el director molesto.
— Me parece gracioso que creas que tú tienes el control hoy —respondí.
Metí la mano en el bolsillo interior de mi saco barato. Los guardias de
seguridad dieron un paso hacia mí con actitud agresiva. Pero lo que saqué no fue
un arma, sino una placa metálica.
La levanté en el aire para que todos pudieran verla claramente. Era una placa
dorada de la Unidad de Inteligencia Financiera Federal. El rostro de don Arturo
perdió todo el color en un segundo.
— Soy el inspector en jefe Mateo Vargas, de la Policía Económica —dije fuerte—.
Y ustedes acaban de caer en la operación encubierta más grande.
Nadie imaginaba el giro que estaba a punto de destruir sus vidas. El cliente VIP
millonario que Valeria me robó no era real. Era un agente federal usando fondos
del gobierno para atraparlos infraganti.
— Todo este tiempo han estado lavando dinero de nuestra propia agencia —expliqué
sonriendo—. Yo no soy un analista perdedor al que podían pisotear fácilmente.
Fui asignado a esta sucursal específicamente para investigar sus sucias
operaciones.
Valeria soltó su copa de champaña, la cual se hizo añicos. Sus piernas temblaron
y tuvo que sostenerse de la mesa principal. El pánico en sus ojos hermosos era
la mejor recompensa posible.
— ¡Eso es mentira! —gritó Arturo con la voz rota y desesperada—. ¡Él fue quien
borró los correos y robó todo el dinero!
Saqué mi teléfono y presioné un solo botón en la pantalla. Inmediatamente, la
voz de Arturo y Valeria resonó en los altavoces. Era la grabación de su
conversación en la oficina del banco.
Todos los invitados escucharon cómo planeaban culparme y huir a Europa.
Escucharon a Valeria burlarse de mí y aceptar su parte del botín. No había forma
de negar una evidencia tan clara y pública.
En ese momento, las puertas del elevador de cristal se abrieron. Una docena de
agentes federales armados entraron corriendo a la terraza. Llevaban chalecos
tácticos y esposas listas para hacer su trabajo.
— Arturo Mendoza y Valeria Rojas, están bajo arresto federal —ordené fríamente—.
Los cargos son lavado de dinero, fraude corporativo y asociación delictuosa.
Los agentes los sometieron contra las mesas llenas de comida costosa. Valeria
comenzó a llorar histéricamente mientras le ponían las esposas frías. El rímel
escurría por sus mejillas arruinando su maquillaje perfecto.
— ¡Mateo, por favor! —lloró Valeria intentando acercarse a mí—. ¡Tú me amas!
¡Íbamos a casarnos! ¡No me hagas esto, te lo suplico!
Yo me acerqué a ella a paso lento y muy tranquilo. La miré a los ojos,
recordando el día que me abandonó. Recordé todas las humillaciones que soporté
en esa maldita oficina bancaria.
— Tienes razón, Valeria —le dije en un susurro muy suave—. Yo era un conformista
que solo quería una vida simple contigo. Pero gracias a ti, decidí aspirar a
cosas mucho más grandes.
Le di la espalda mientras los agentes se la llevaban arrastrando. Arturo gritaba
insultos mientras lo metían al elevador a la fuerza. La fiesta de ascenso se
había convertido en un funeral corporativo.
Me quité los lentes gruesos que usaba como parte de mi disfraz. Respiré el aire
fresco de la noche sintiendo una paz absoluta. Guardé mi placa en el saco y
caminé hacia la salida.
La justicia tarda, pero siempre llega para cobrar las facturas pendientes. Hoy,
el bicho raro de la oficina durmió como un rey. Y la ejecutiva estrella dormirá
en una celda de máxima seguridad.