El Último Vuelo

El Último Vuelo

PARTE 3**

Nunca imaginé la verdad que estaba a punto de golpearme directo en la cara.

Valeria se levantó del sofá rápidamente, con el rímel corrido por las lágrimas
saladas. Me miró fijamente a los ojos y vi una desesperación profunda y muy
genuina.

—Alejandro, me acabas de arruinar todo el plan —dijo ella con la voz totalmente
quebrada—. Lo arruinaste todo para siempre por tus malditos celos enfermos y sin
sentido.

Me quedé congelado en mi lugar, sin entender nada de lo que estaba pasando
realmente. El enojo hirviente en mi pecho se convirtió de pronto en un hueco de
confusión.

—¿De qué demonios estás hablando, Valeria? —pregunté, sintiendo que el aire
limpio me faltaba—. ¡Los acabo de cachar a punto de irse a España juntos como
amantes!

Mateo volvió a reírse a carcajadas, jugando ágilmente con el USB entre sus dedos
perfectos.

—Explícale con detalles, Valeria —ordenó Mateo con un tono lleno de superioridad
asquerosa—. Dile a tu esposo por qué te has estado ofreciendo a mí estas últimas
semanas.

Sentí que me daban un balazo invisible directamente en la boca del estómago. La
confirmación verbal de su infidelidad me hizo doblarme de dolor físico agudo.

Pero entonces ocurrió algo increíble que cambió todo el panorama en un segundo.

—¡Yo nunca me acosté contigo, cerdo asqueroso! —gritó Valeria, escupiéndole las
palabras a Mateo—. ¡Todo esto fue un maldito engaño para poder acercarme a tu
caja fuerte personal!

Giré mi cabeza para ver a mi esposa, esperando que me explicara este oscuro
laberinto. Ella caminó hacia mí lentamente, tomando mi rostro entre sus manos
frías y temblorosas.

—Ese USB, mi amor... escúchame bien —me dijo ella llorando desesperada y sin
aliento—. Ese pequeño disco tiene las grabaciones secretas y los contratos
originales de hace quince años.

El mundo pareció detenerse por completo en ese preciso instante de revelación.
Mi mente regresó de golpe a la época oscura donde mi padre lo perdió
absolutamente todo.

—Tiene la prueba irrefutable de que el padre de Mateo falsificó las firmas del
banco —continuó Valeria—. Es la única evidencia real para recuperar tu
patrimonio familiar y meter a este infeliz a la cárcel.

Yo no podía articular ni una sola palabra coherente, el impacto mental era
demasiado grande.

—Llevo seis meses investigándolo en secreto, acercándome a él, soportando su
presencia asquerosa cada día —sollozó ella—. Hoy por fin había logrado abrir la
caja para llevarme el USB y entregarlo a las autoridades.

Mi cabeza daba vueltas tratando de procesar toda esta información tan repentina.

—¿Y el boleto redondo a Madrid? —logré balbucear apenas, sintiéndome como un
completo idiota.

—Eran dos boletos en total, Alejandro —respondió ella, sacando otro pase de
abordar de su bolso de diseñador—. Uno estaba a tu nombre y el otro al mío.

Me mostró el papel impreso, y efectivamente, llevaba mi nombre completo en
letras muy grandes.

Tres minutos después mi alma se rompió para siempre.

—El plan perfecto era robar el USB hoy mismo y volar juntos a España esta noche
—explicó ella limpiándose la cara—. Íbamos a estar a salvo allá en Europa
mientras nuestros abogados presentaban las pruebas aquí en México.

Mi corazón se rompió en mil pedazos filosos al darme cuenta de la terrible
realidad. Valeria nunca me estuvo engañando con otro hombre a mis espaldas.

Ella estaba arriesgando su propia vida y su integridad física solo por ayudarme
a mí. Estaba sacrificando su dignidad de mujer para recuperar el honor manchado
de mi padre muerto.

Y yo, cegado por la inseguridad tóxica y los celos infundados, lo había
arruinado todo. Había entrado pateando puertas como un salvaje, destruyendo
meses de trabajo meticuloso.

Mateo aplaudió lentamente con sus manos, rompiendo el momento de nuestra triste
y amarga revelación.

—Qué conmovedora y estúpida historia de amor verdadero —dijo él, acercándose al
balcón de la suite—. Es una verdadera lástima que el gran héroe de la historia
haya llegado tarde a arruinar el final feliz.

Mateo levantó su brazo derecho por encima del barandal de cristal del balcón
alto. Sostenía el pequeño USB colgando peligrosamente sobre el abismo de la
transitada avenida principal.

—¡No lo hagas, por favor Mateo! —gritó Valeria, intentando correr hacia él con
suma desesperación.

Pero antes de que ella pudiera siquiera alcanzarlo, Mateo abrió los dedos por
completo. El pequeño disco negro cayó rápidamente al vacío, desapareciendo en el
tráfico pesado de la ciudad.

El sonido ensordecedor de los autos ahogó el grito desgarrador que soltó mi
valiente esposa. La única prueba existente de la inocencia de mi padre había
desaparecido para siempre en el asfalto.

Pero eso no era lo peor que estaba a punto de pasar en esa maldita habitación.

Mateo sacó su teléfono celular del bolsillo del saco y marcó un número
rápidamente. Su sonrisa burlona había desaparecido, reemplazada por una frialdad
aterradora y muy oscura.

—Seguridad, vengan de inmediato a la suite presidencial uno —dijo Mateo por el
teléfono con voz de mando—. Tengo a un intruso violento y drogadicto que acaba
de entrar a la fuerza destrozando la puerta.

Me giré hacia la puerta de madera destrozada y supe que estábamos totalmente
atrapados. No había ninguna forma de salir de ahí sin enfrentar a los guardias
armados de Mateo.

Valeria me abrazó con muchísima fuerza, llorando amargamente sobre el pecho de
mi camisa. Yo la rodeé con mis brazos grandes, sintiéndome como el hombre más
miserable y estúpido del universo entero.

—Perdóname, mi amor, perdóname por favor —le susurré al oído, mientras las
lágrimas mojaban mi rostro—. Fui un completo imbécil, te fallé horriblemente
cuando tú más tratabas de ayudarme a sanar mi pasado.

—Lo perdimos todo, Alejandro, ya no hay salida —sollozó ella, aferrándose a mi
ropa con desesperación—. Tanto esfuerzo en vano, tanto miedo soportado en
silencio... todo se fue directo a la basura por tu desconfianza.

El ruido de botas tácticas muy pesadas comenzó a escucharse en el pasillo
exterior del piso. Eran los guardias de seguridad privada de este maldito hotel
propiedad de la familia Saldívar.

Mateo se acercó a nosotros con una mirada llena de odio puro y victoria
absoluta.

Yo no sabía que este era nuestro último momento juntos.

—No solo te quedas sin tu preciada herencia familiar, pilotito de cuarta
—susurró Mateo con malicia—. Ahora vas a ir directo a la cárcel por intento de
homicidio, allanamiento de morada y daños a propiedad privada.

Los guardias de seguridad entraron a la habitación empuñando armas negras en las
manos. Me separaron de Valeria con extrema violencia, arrojándome al piso de
mármol frío sin piedad.

Sentí una bota pesada aplastando mi espalda mientras me ponían unas esposas
metálicas muy apretadas. Levanté la vista del suelo solo para ver cómo dos
guardias sujetaban a mi esposa por los brazos.

—A ella déjenla en paz, no la toquen —ordenó Mateo, ajustándose la corbata de
seda con calma—. Ella se queda a dormir conmigo esta noche, para pagar con su
cuerpo los costosos daños que causó su maridito.

Valeria gritó mi nombre con todas sus fuerzas, luchando inútilmente contra los
hombres fuertes que la empujaban hacia adentro. Yo intenté levantarme del piso
con rabia, pero un golpe seco en la cabeza me dejó casi inconsciente.

La sangre caliente escurría por mi frente, nublando mi visión por completo en
ese instante. Lo último que vi fue a Valeria siendo arrastrada hacia la oscura
habitación contigua de la suite.

Su mirada estaba llena de un terror profundo y una tristeza infinita que nunca
podré olvidar. Yo cerré los ojos lentamente, sabiendo que este era el verdadero
y trágico fin de todo nuestro amor.

Por dudar cobardemente de la mujer que más me amaba en este mundo, perdí mi
libertad. Perdí el honor de mi familia para siempre y entregué a mi propia
esposa al mismísimo diablo.

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