El muro que habla
—¿Ya hablaste con los contratistas de la estructura de acero? —preguntó Valeria,
tomando un sorbo largo.
—Sí, todo está listo para mañana en la tarde —respondió Héctor con una sonrisa
muy siniestra.
Me pegué a la pantalla, tratando de entender de qué estructura estaban hablando
exactamente.
—Tiene que parecer un accidente laboral muy trágico y lamentable —continuó
diciendo el maldito de Héctor—. El andamio del tercer piso tiene los pernos
flojos.
—¿Estás seguro de que él subirá mañana a revisar esa zona? —cuestionó ella,
acariciándole el pecho.
—Diego es un perfeccionista obsesivo, siempre revisa los volados antes de colar
el cemento final. Lo empujaré cuando nadie esté viendo, diremos que perdió el
equilibrio por el viento.
El impacto de sus palabras me golpeó más fuerte que cualquier traición amorosa.
No solo querían mi dinero, querían mi vida para quedarse con toda la empresa
limpia.
—¿Y el seguro de vida ya está liberado? —preguntó Héctor, besando el cuello de
mi esposa.
—Sí, cuarenta millones de pesos directos a mi cuenta como su única y triste
viuda. Con eso pagaremos tu deuda con el cartel y nos iremos a vivir a España,
mi amor.
Nunca imaginé quién estaba realmente detrás de las deudas misteriosas de nuestra
firma de arquitectos. Héctor había desviado fondos del despacho para pagar
deudas de juego con gente muy peligrosa.
Me quité el anillo de matrimonio lentamente, sintiendo el metal frío resbalar
por mi nudillo. Lo apreté en mi puño derecho hasta que los bordes me cortaron la
piel de la palma.
No derramé ni una sola lágrima de tristeza en ese cuarto de servidores lleno de
cables. La tristeza había muerto por completo, dejando únicamente espacio para
una furia fría y calculadora.
Escuché cómo caminaban hacia la recámara principal, soltando risas burlonas
sobre mi supuesta estupidez.
Esperé en total silencio durante tres horas, observando las pantallas con una
mirada muerta. Vi cómo se vestían, vi cómo se arreglaban el cabello y cómo
salían de la casa.
Aseguraron la puerta trasera y se subieron a la camioneta blindada de Héctor sin
ninguna preocupación. Yo me quedé completamente solo en el inmenso silencio de
esa mansión vacía y oscura.
Pero esta vez, algo increíble y aterrador despertó dentro de mi propia mente.
No iba a buscar a la policía para denunciar un intento de homicidio sin pruebas
físicas sólidas. Tampoco iba a pedir un divorcio para pelear mis propios
millones en unos tribunales corruptos.
Ellos querían un accidente trágico en esta casa, y yo les iba a dar exactamente
eso. Iba a convertir su hermoso nido de amor en su peor y más oscura pesadilla.
Salí del cuarto de servidores y caminé por la sala con una energía oscura y
renovada. Saqué mi laptop de la mochila y me conecté directamente al panel de
control central.
Tenía veinticuatro horas exactas antes del supuesto accidente en el tercer piso
del andamio. Empecé a reescribir por completo el código operativo de toda la
casa inteligente esa misma madrugada.
Cambié los protocolos de las cerraduras biométricas, eliminando los perfiles de
Valeria y de Héctor. Modifiqué los circuitos de las persianas de acero reforzado
que cubrían los enormes ventanales panorámicos.
Normalmente, esas persianas bajaban en treinta segundos mediante un motor
eléctrico bastante suave y silencioso. Modifiqué los reguladores de voltaje para
que cayeran en seco, bloqueando todas las salidas instantáneamente.
También ajusté el sistema de climatización y los extractores de aire de toda la
planta baja. Desactivé los sensores térmicos de emergencia y creé un cortafuegos
infranqueable en la red interna.
Nadie podría acceder al sistema usando la red de internet desde el exterior de
la casa. Toda la operación ahora dependía de un comando encriptado que solo
existía en mi teléfono celular.
Trabajé sin descanso hasta que los primeros rayos del sol iluminaron los grandes
ventanales de vidrio. Fui a la estructura del tercer piso y arreglé los pernos
flojos del peligroso andamio.
No iba a dejar que me mataran tan fácilmente con un truco tan barato y
predecible. Bajé a la planta principal, limpié mis huellas del polvo y me
preparé para el juego.
A las tres de la tarde, recibí una llamada del número personal de mi socio
Héctor.
—Hermano, ¿ya regresaste de tu viaje a Monterrey? —preguntó con su tono falso y
amigable.
—Acabo de aterrizar, voy directo para la obra nueva para revisar el colado del
tercer piso.
—Perfecto, allá te veo. Valeria también viene en camino para escoger el tono de
la madera final.
Era el escenario perfecto que ellos habían diseñado para mi trágico y mortal
accidente laboral. Llegué a la casa y me paré justo en el centro de la inmensa
sala de estar.
Minutos después, la puerta se abrió y ambos entraron con sonrisas hipócritas en
sus rostros. Valeria corrió a abrazarme y me dio un beso en la mejilla que me
dio náuseas.
Héctor me palmeó la espalda con esa falsa hermandad que ahora me producía un
asco terrible.
—Vamos arriba, Diego, hay que revisar esa estructura antes de que llueva hoy
—dijo Héctor animado.
—No creo que sea necesario subir hoy, Héctor —respondí con una voz muy tranquila
y fría.
Amos se detuvieron en seco y me miraron con una clara expresión de confusión e
impaciencia.
—¿De qué hablas? Tenemos que aprobar ese volado hoy mismo —insistió él, dando un
paso adelante.
—Sé lo de los pernos flojos, Héctor. Sé de la deuda con el cartel. Sé lo de
Valeria.
El silencio que inundó la enorme sala fue tan denso que casi se podía cortar. La
sonrisa de mi esposa desapareció de inmediato, su rostro se volvió pálido como
el papel.
Héctor retrocedió un paso, metió la mano bajo su saco y sacó un arma de fuego.
—No quería hacerlo así, Diego, pero me obligas —dijo apuntándome directamente al
pecho con firmeza.
Yo no mostré miedo, solo saqué mi teléfono celular del bolsillo y miré a mi
esposa.
—¿Por qué, Valeria? Te di absolutamente todo en esta vida —pregunté sin alterar
mi tono.
—El dinero no compra la pasión, Diego. Eres aburrido, eres predecible. Esto
termina hoy mismo.
Ella retrocedió hacia la puerta principal, intentando abrirla para escapar si
empezaban los balazos rápidos. Pero el lector biométrico parpadeó en rojo y
emitió un pitido de rechazo muy fuerte.
Fue entonces cuando todo cambió para siempre.
Apreté el botón rojo en la pantalla de mi celular y el sistema cobró vida
propia. Un estruendo metálico sacudió toda la casa cuando las enormes persianas
de acero cayeron de golpe.
Bloquearon las ventanas, bloquearon las puertas, sellaron por completo la planta
baja en un segundo. Las luces se apagaron de inmediato, dejando a Héctor y
Valeria en una oscuridad total.
Solo se encendieron unas luces rojas de emergencia que le daban a la sala un
aspecto infernal.
—¡¿Qué carajos hiciste, Diego?! —gritó Héctor, disparando a ciegas hacia donde
yo estaba parado antes.
Pero yo ya estaba protegido detrás del cristal blindado que separaba el área de
la cocina central. Presioné otro botón y un proyector de alta definición iluminó
la inmensa pared de la sala.
Apareció el video infrarrojo de la noche anterior, mostrando sus cuerpos
desnudos revolcándose en la cama. El audio retumbó en las bocinas ocultas del
techo, amplificando su plan de asesinato con claridad.
Afuera, las sirenas de más de diez patrullas de policía empezaron a rodear toda
la propiedad. Yo había enviado los videos al jefe de la policía de forma anónima
horas antes.
Les dije que había un secuestro armado en progreso por parte de miembros de un
cartel peligroso. La casa inteligente no solo los atrapó, sino que proyectó su
confesión para cualquier negociador cercano.
Héctor empezó a golpear las persianas de acero con desesperación, gritando como
un animal acorralado. Valeria cayó de rodillas en medio de la sala, llorando y
rogando por mi perdón inútilmente.
Los comandos tácticos de la policía reventaron los seguros externos y entraron
con armas largas apuntando. Los sometieron en el piso de inmediato bajo los
cargos de intento de homicidio y fraude corporativo.
Yo salí de mi refugio de cristal, entregué mi declaración a los oficiales y
crucé la puerta.
Miré la casa por última vez, esa fortaleza tecnológica que construí con tanto
amor ciego. Saqué la llave de acceso maestro, la tiré en una alcantarilla
cercana y caminé hacia la calle.
No sentí tristeza, no sentí dolor, solo una inmensa y profunda paz en mi alma
liberada. Ellos querían una tumba elegante, y yo les regalé una prisión perfecta
para toda la vida.