Paseo de medianoche
Esa mujer dulce había muerto para darle paso a esta extraña.
Ella sacó varios billetes de su costoso bolso de marca francesa.
Me los lanzó desde el asiento trasero con muchísimo desprecio.
Cayeron sobre mis piernas como hojas secas de un árbol.
— Toma esto para que pagues tus deuditas, pobre diablo fracasado.
Yo sentí que la sangre me hervía de puro coraje.
Quería detener el auto y obligarla a bajar de inmediato.
Mi orgullo de hombre estaba pisoteado y totalmente hecho pedazos.
Estaba a punto de frenar el coche en una esquina oscura.
Pero un detalle macabro detuvo mis intenciones de correrla abruptamente.
Noté que su mano izquierda temblaba sin ningún tipo de control.
Ella intentaba ocultarlo apretando los puños con muchísima fuerza desesperada.
El abrigo caro se deslizó un poco por su hombro pálido.
Pude ver unas marcas moradas muy profundas y bastante feas.
Eran moretones recientes y dolorosos marcados en su piel blanca.
Había marcas de dedos alrededor de su delgada muñeca izquierda.
Ella jaló la tela rápidamente para cubrirse el brazo lastimado.
Su respiración se volvió agitada y muy irregular de pronto.
Yo la observé fijamente por el espejo retrovisor con atención.
Sus ojos reflejaban un terror profundo y sumamente silencioso ahora.
La mujer arrogante de hace un minuto había desaparecido completamente.
Ahora solo veía a una persona aterrada y muy vulnerable.
Yo estaba completamente equivocado sobre su supuesta vida de lujos.
Llegamos al destino marcado en la aplicación de mi celular.
Era otra mansión rodeada de muros de piedra negra altísimos.
Una reja imponente de acero nos bloqueó el paso por completo.
Dos guardias fuertemente armados nos miraron de forma muy amenazante.
Camila tragó saliva con muchísima dificultad y evidente miedo extremo.
Sus manos acariciaron el asiento de tela de mi coche viejo.
Ella dejó caer algo bajo mi asiento del copiloto sigilosamente.
Fue un movimiento rápido y sumamente discreto en la oscuridad.
Yo fingí no darme cuenta de su extraña acción furtiva.
Los guardias abrieron la pesada reja de metal muy oscuro.
Estacioné el auto frente a la enorme puerta de caoba.
— Muchas gracias por el viaje nocturno a mi casa.
Su voz sonó quebrada y llena de un pánico incontrolable.
Camila bajó del vehículo sin decirme una sola palabra más.
Caminó hacia la entrada con la cabeza muy baja y sometida.
Un hombre alto y corpulento la esperaba en la puerta.
Él la tomó del brazo con una fuerza verdaderamente brutal.
Ella hizo una mueca de dolor que me partió el alma.
La empujó hacia el interior de la casa de forma violenta.
Yo me quedé paralizado dentro de mi coche viejo y frío.
Mi instinto me gritaba que huyera de ese lugar tan maldito.
Entonces ocurrió algo imposible de ignorar para mi conciencia tranquila.
Escuché un grito femenino desgarrador desde adentro de la lujosa casa.
Era la voz de Camila suplicando por ayuda a gritos.
El sonido de un golpe seco hizo eco en la madrugada.
Mis manos apretaron el volante hasta poner mis nudillos blancos.
Quería bajar a defenderla de ese terrible monstruo sin escrúpulos.
Pero recordé el movimiento extraño de Camila antes de bajar.
Me estiré hacia el asiento del copiloto con mucha lentitud.
Metí la mano derecha debajo del asiento en la oscuridad.
Mis dedos tocaron un objeto metálico y muy frío al tacto.
Lo saqué lentamente para poder examinarlo mejor con la luz interior.
Era un teléfono celular con la pantalla totalmente destrozada.
Estaba envuelto en una servilleta de papel muy sucia y arrugada.
Había una nota escrita con lápiz labial de color rojo.
Las letras temblorosas revelaban su inmenso y profundo miedo.
"Si alguna vez me amaste huye y no mires atrás".
Mi corazón comenzó a latir con una fuerza verdaderamente salvaje.
Yo ignoré su advertencia y encendí el aparato muy dañado.
Solo una revelación destruyó mi mundo de mentiras por completo.
La batería estaba casi muerta y parpadeaba en color rojo.
Solo había un archivo de audio en la pantalla principal rota.
Era una grabación oculta de alta calidad y muy reciente.
Le di reproducir con mis dos manos temblorosas de miedo.
La voz ronca de un hombre sonó muy clara allí.
Era Arturo, el famoso empresario de bienes raíces del país.
Todos en la ciudad sabían que era el intocable esposo de Camila.
Pero el audio revelaba su verdadera y muy oscura identidad criminal.
Hablaba de cargamentos de droga cruzando la frontera norte clandestinamente.
Discutía el lavado de millones de dólares en efectivo ilícito.
Ordenaba ejecuciones de rivales con una frialdad verdaderamente escalofriante.
El esposo perfecto era en realidad un sanguinario líder criminal.
Yo sentí un escalofrío recorriendo toda mi espalda de golpe.
De pronto escuché la voz de Camila en esa misma grabación.
Ella estaba llorando desesperadamente y suplicando por algo de piedad.
Se escuchó el sonido de otro golpe muy fuerte.
Camila soltó un quejido de dolor que me destrozó por dentro.
— ¿Qué fue lo que dijiste maldita perra infeliz?
— No quería que lo supieras de esta dolorosa manera.
— Ya pagué la deuda de Mateo, déjalo en paz por favor.
— Todo terminó para ti en este preciso instante de tu vida.
Yo me quedé congelado al escuchar mi propio nombre allí.
Nunca imaginé quién estaba detrás de toda mi inmensa tragedia.
Mi mente viajó de inmediato a mi terrible accidente automovilístico.
Recordé las cuentas impagables de mis múltiples cirugías de columna.
Un supuesto benefactor anónimo había pagado todos los gastos hospitalarios.
Yo siempre creí que había sido un milagro del cielo.
Camila desapareció de mi vida justo al día siguiente del pago.
Ahora entendía toda la maldita y dolorosa verdad oculta.
Ella nunca me abandonó por falta de amor hacia mí.
Ella se había vendido a ese monstruo despiadado por obligación.
Lo hizo únicamente para salvar mi inútil y miserable vida.
Había sacrificado su libertad para pagar mi costosa recuperación médica.
Las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos muy cansados.
El odio hacia mí mismo me consumió por completo.
Yo la había odiado durante cinco largos y crueles años.
Mientras tanto ella vivía un infierno diario por mi culpa.
No podía dejarla sola en esa enorme casa del terror.
Mi miedo desapareció y fue reemplazado por pura furia asesina.
Tres minutos después todo cambió en mi interior para siempre.
Bajé de mi auto bajo la tormenta implacable y helada.
Caminé con paso firme hacia la entrada de la mansión.
El agua empapó mi ropa vieja en cuestión de segundos.
Un guardia armado me cerró el paso de inmediato.
Apuntó su rifle de asalto directo hacia mi pecho mojado.
— ¿Qué demonios quieres aquí en este momento, maldita basura?
— La señora olvidó su costosa bolsa en mi auto rentado.
— Dámela a mí y lárgate de aquí ahora mismo.
— Necesito entregarla en sus propias manos por motivos de seguridad.
El guardia cortó cartucho con una sonrisa muy sádica.
— Te vas o te mueres aquí mismo como un perro.
Yo apreté los puños preparándome para pelear a muerte.
Pero eso no era lo peor que estaba por suceder allí.
Un disparo desde adentro nos interrumpió de golpe a ambos.
El ruido fue ensordecedor en medio de la lluvia torrencial.
El guardia cayó al suelo frente a mis propios pies.
Un charco de sangre comenzó a formarse sobre los adoquines.
Camila estaba parada en la puerta principal de la casa.
Sostenía una pistola negra que aún humeaba ligeramente del cañón.
Tenía el rostro cubierto de sangre fresca y muchas lágrimas.
Corrió hacia mí sin pensarlo ni un solo segundo más.
Me tomó de la mano con muchísima fuerza y desesperación.
— ¡Arranca el maldito auto Mateo, arranca ahora mismo!
Subimos al coche viejo en medio del pánico total.
Pisé el acelerador hasta el fondo sin dudarlo ni tantito.
Las llantas rechinaron sobre el pavimento muy mojado y resbaladizo.
Rompimos la pluma de seguridad de la entrada principal violentamente.
Salimos a toda velocidad hacia la avenida oscura y solitaria.
Miré a Camila por el rabillo de mi ojo derecho.
Ella respiraba con mucha dificultad y tocaba su costado izquierdo.
Había una mancha roja creciendo velozmente en su blusa blanca.
El pánico se apoderó de cada célula de mi cuerpo entero.
Yo estaba completamente equivocado sobre nuestra posible salvación final.
— ¡Estás herida gravemente, tenemos que ir a un hospital cercano!
— No hay tiempo para eso, Arturo nos está persiguiendo ya.
Miré por el espejo retrovisor interior con muchísimo miedo.
Dos camionetas blindadas venían detrás de nosotros a toda velocidad.
Sus luces altas me cegaban a través del cristal mojado.
Eran los sicarios de su poderoso y muy cruel esposo.
Disparaban ráfagas de balas contra la parte trasera del coche.
Los cristales estallaron en mil pedazos sobre nuestros propios hombros.
Yo esquivaba los autos estacionados con maniobras muy arriesgadas.
Entonces ocurrió algo verdaderamente imposible de creer para mí.
Camila tosió un poco de sangre oscura y muy espesa.
Me miró con una expresión de profunda tristeza y amor.
— Mateo, hay algo que debes saber esta misma noche.
— Guarda silencio por favor, necesitas guardar todas tus fuerzas vitales.
— El accidente de hace cinco años no fue ninguna casualidad.
Mi mente se quedó en blanco por un segundo entero.
Casi pierdo el control del volante por la inmensa impresión.
— ¿De qué demonios estás hablando en este momento, Camila?
— Arturo ordenó que te atropellaran aquella noche lluviosa de noviembre.
Yo sentí que me faltaba el aire en los pulmones.
— Él me había visto semanas antes trabajando en la floristería.
— Se obsesionó conmigo desde el primer instante en que me vio.
Nunca imaginé quién estaba detrás de mi peor desgracia personal.
El destino no fue quien destruyó mis hermosos sueños juveniles.
Fue la maldad humana en su forma más pura y cruel.
— Él creó esa deuda médica enorme a propósito para acorralarme.
— Te empujó al borde de la muerte por un simple capricho.
— Luego se presentó ante mí como un salvador muy generoso.
— Me exigió casarme con él a cambio de salvar tu vida.
Golpeé el volante con toda la fuerza de mi alma.
La rabia asesina me cegaba por completo la poca razón.
Habíamos sido marionetas en el juego de un psicópata millonario.
Nos robó cinco años de felicidad y de vida juntos.
— ¡Te voy a sacar de esto, te lo juro por Dios!
Las camionetas blindadas comenzaron a chocar contra mi defensa trasera.
Mi pequeño y viejo auto no resistiría mucho más castigo físico.
El metal crujía con cada impacto violento de los sicarios.
Estábamos llegando a un puente muy alto y bastante peligroso.
La lluvia dificultaba muchísimo la visión del camino muy resbaladizo.
Los disparos continuaban destrozando la carrocería de mi pobre coche.
Camila me miró con una ternura infinita y muy dolorosa.
Acarició mi mejilla mojada con su mano fría y temblorosa.
Solo una acción desesperada destruyó mi mundo para siempre.
— Me alegra tanto haberte visto una última vez, mi amor eterno.
Ella abrió la puerta del copiloto de manera muy repentina.
El viento helado y el agua entraron con fuerza brutal.
— ¿Qué haces loca? ¡Cierra esa maldita puerta ahora mismo por favor!
— Tienes el teléfono con las pruebas, entrégalo a la policía rápido.
— ¡No lo hagas por favor, te lo ruego por Dios!
— Te amo Mateo, vive una vida hermosa por mí.
Ella se quitó el cinturón de seguridad con mucha rapidez.
Saltó del auto en pleno movimiento sobre el puente mojado.
Mi grito de horror se perdió en medio de la tormenta.
Frené el coche derrapando peligrosamente sobre el pavimento muy liso.
Las camionetas blindadas se detuvieron bruscamente detrás de mi auto.
Los sicarios bajaron para buscarla en la oscuridad del precipicio profundo.
Yo quise bajar para ir detrás de la mujer que amaba.
Pero recordé sus últimas palabras llenas de amor y sacrificio absoluto.
Tenía que salvar las pruebas para hundir a ese maldito monstruo.
Pisé el acelerador de nuevo con el corazón totalmente hecho pedazos.
Las balas rozaron mi auto mientras yo lograba escapar milagrosamente.
Las lágrimas no me dejaban ver el camino hacia adelante.
Conduje directamente hasta las oficinas de las autoridades federales armadas.
Entregué el teléfono destrozado con las pruebas de audio incriminatorias.
Arturo fue arrestado antes de que amaneciera ese mismo día triste.
Su enorme imperio criminal cayó en unas cuantas horas seguidas.
Fue condenado a pasar el resto de su miserable vida encerrado.
Recibió todo el peso de la ley y su merecido castigo.
Pero mi mundo ya estaba destruido y vacío para siempre.
Nunca encontraron el cuerpo de Camila en el fondo del río.
Hoy sigo conduciendo por las mismas calles oscuras y muy vacías.
Sigo esperando que ella suba a mi auto otra vez mágicamente.
Aún guardo ese billete de cien dólares manchado de sangre suya.
Es el único recuerdo físico del amor de mi triste vida.
Pagué mi deuda económica pero perdí mi alma para siempre.