EL VENENO EN LA CUNA
PARTE 3: MÁSCARAS CAÍDAS
Mi corazón latía tan fuerte que podía escucharlo en mis oídos.
Traté de mantener el rostro inexpresivo.
–No sé de qué habla, señora. Mi nombre es Sofía.
Camila soltó una carcajada seca.
Un sonido espantoso que resonó en las paredes de la habitación de juguetes.
–¿De verdad creíste que era tan tonta? –dijo, cruzando los brazos–. Desde el primer día que entraste a esta casa supe quién eras. Tienes los mismos ojos estúpidos de tu hermana Lucía. Esos ojos de víctima desamparada.
Hizo una pausa, disfrutando de mi terror.
–Te investigué antes de contratarte –continuó Camila–. Sabía perfectamente que eras la hermana perdida de la difunta esposa. Pero decidí dejarte entrar. Quería tenerte cerca. Quería ver cómo te destrozabas al ver al hijo de tu hermana morir lentamente sin poder hacer nada.
–¡Eres un monstruo! –grité, perdiendo la paciencia–. ¡Mataste a mi hermana! ¡Y ahora estás haciendo lo mismo con Santiago!
–Lucía era un estorbo –dijo Camila con total frialdad–. Alejandro es un hombre débil. Un hombre que necesita una mujer con carácter a su lado. Y yo soy esa mujer. Pero esa estúpida de tu hermana no quería darle el divorcio. Tuve que tomar medidas drásticas. Un pequeño ajuste en los frenos de su camioneta fue suficiente.
–¿Y el niño? –pregunté, sintiendo una mezcla de náusea y dolor–. ¿Por qué Santiago? Él es solo un niño de cinco años.
–Santiago es el heredero universal de la fortuna de los Garza –dijo Camila, con una sonrisa codiciosa–. Si Alejandro muere, el niño se queda con todo. Pero si el niño muere primero... y luego Alejandro tiene un "accidente" debido a su profunda depresión... todo el dinero, las propiedades y las cuentas en el extranjero pasan a mis manos. Es una matemática muy simple, Natalia.
Dio un paso hacia mí.
Sacó un pequeño frasco del bolsillo de su abrigo.
Esta vez no era polvo.
Era una jeringa prellenada con un líquido transparente.
–He sido muy paciente contigo –dijo Camila, agitando la jeringa–. Pero hoy se acaba tu tiempo. La policía encontrará tu cuerpo en el jardín. Dirán que te suicidaste por la culpa de haber descuidado a Santiago. Dejaré una nota muy bonita escrita por ti en tu habitación.
–No te saldrás con la tuya –dije, retrocediendo hacia la ventana.
–¿Quién me lo va a impedir? ¿Tú? ¿Tu hermana muerta? En esta casa nadie te va a escuchar.
Se lanzó sobre mí con una velocidad sorprendente.
La jeringa brillaba bajo la luz de la lámpara.
Logré esquivar su primer ataque, pero ella me sujetó del cabello con fuerza.
El dolor me hizo gritar.
Me tiró al suelo.
Mi cabeza golpeó contra la esquina de una mesa de madera.
La vista se me nubló por un segundo.
Camila se subió sobre mí, usando su peso para inmovilizar mis brazos.
Sostenía la jeringa a pocos centímetros de mi cuello.
–Es solo un pinchazo, querida –susurró, con los ojos desorbitados por la locura–. Después de esto, te quedarás dormida para siempre. Igual que Lucía.
Trataba de resistir con todas mis fuerzas.
Sujeté su muñeca derecha para evitar que clavara la aguja.
Mis brazos temblaban por el esfuerzo.
La punta de la aguja rozó la piel de mi cuello.
Podía sentir el frío del metal.
–¡Suéltame! –grité, tratando de mover la cabeza.
–Es inútil –jadeó Camila, aplicando más fuerza–. Nadie te va a salvar.
Pero entonces, ocurrió algo que Camila no esperaba.
El teléfono celular de Lucía, que estaba en mi bolsillo de delantal, comenzó a emitir un sonido.
No era una llamada.
Era una grabación de audio en vivo que se estaba transmitiendo directamente a través de una aplicación de seguridad.
"La cocina es mi territorio... No quiero volver a verte aquí..."
La voz de Camila de hace unos momentos se escuchaba con claridad en el altavoz de otro teléfono en la distancia.
Y no solo eso.
La puerta de la habitación se abrió de golpe.
Un fuerte ruido de madera astillada llenó el lugar.
–¡Manos arriba! ¡Policía del Estado! –grito una voz potente.
Tres oficiales de policía entraron con las armas desenfundadas.
Detrás de ellos venía Alejandro.
Su rostro estaba completamente descompuesto.
Estaba pálido.
Lágrimas de rabia y dolor corrían por sus mejillas.
Sostenía su propio teléfono móvil, donde se escuchaba la transmisión de la confesión de Camila en tiempo real.
–¡Camila! –gritó Alejandro con una voz que no parecía la suya–. ¡Aléjate de ella!
Camila se quedó inmóvil.
Miró a los oficiales de policía.
Miró a su esposo.
La jeringa cayó de su mano, rodando por la alfombra.
–Alejandro... mi amor... esto no es lo que parece –comenzó a decir, con la voz temblorosa, tratando de recuperar su máscara de inocencia–. Ella me atacó... esa mujer es una usurpadora... es la hermana de Lucía y quiere hacernos daño...
–¡Cállate! –gritó Alejandro, con un dolor tan profundo que hizo eco en toda la habitación–. ¡Lo escuché todo! ¡Escuché cómo mataste a mi esposa! ¡Escuché cómo estabas matando a mi hijo! ¡Eres un monstruo!
Dos policías se acercaron a Camila.
La levantaron del suelo con brusquedad.
Le colocaron las esposas de metal detrás de la espalda.
–Tiene derecho a guardar silencio –dijo uno de los oficiales–. Cualquier cosa que diga puede ser usada en su contra.
Camila comenzó a forcejear.
Su cabello perfecto ahora estaba despeinado.
Su rostro fino se transformó en una máscara de odio puro.
Miró a Alejandro.
–¡Eres un imbécil! –le gritó, escupiendo las palabras–. ¡Nunca te amé! ¡Solo quería tu maldito dinero! ¡Y tú estabas tan ciego que me lo diste todo en bandeja de plata!
Los oficiales la arrastraron fuera de la habitación.
Sus gritos e insultos se fueron apagando a medida que descendían por las escaleras de la mansión.
Alejandro se arrodilló a mi lado.
Me ayudó a sentarme.
Tenía las manos temblorosas.
–¿Estás bien, Natalia? –preguntó en un susurro lleno de culpa.
–Sí –dije, tocándome la frente donde tenía un pequeño golpe–. ¿Y Santiago?
–Está abajo –dijo Alejandro, con lágrimas en los ojos–. Los paramédicos ya están con él. Me aseguré de que lo revisaran de inmediato. Dicen que el veneno en su sistema es reversible. Con el tratamiento adecuado, se recuperará por completo.
Me tapé la cara con las manos y comencé a llorar.
Lloré por el miedo que había sentido.
Lloré por mi hermana Lucía, que finalmente tenía justicia.
Lloré por el pequeño Santiago, que al fin estaba a salvo del peligro.
Alejandro me abrazó con suavidad.
–Perdóname, Natalia –dijo en mi oído–. Fui un estúpido. Si te hubiera escuchado antes... si hubiera prestado atención a Lucía... nada de esto habría pasado.
–Lo importante ahora es que el monstruo ya no está aquí –respondí, secándome las lágrimas–. Ahora tenemos que cuidar a Santiago. Él te necesita más que nunca.
Salimos de la habitación de juguetes.
La mansión, que antes parecía un lugar oscuro y lleno de secretos mortales, ahora se veía iluminada por la luz del atardecer.
Las luces rojas y azules de las patrullas de policía se reflejaban en los grandes ventanales.
Abajo, en la ambulancia, Santiago estaba sentado en una camilla.
Tenía una máscara de oxígeno pequeña, pero sus ojos estaban abiertos.
Al verme, levantó su manita y me saludó.
Sonreí a través de las lágrimas.
Caminé hacia él.
Sabía que el dolor de perder a su madre nunca se iría por completo.
Y que el trauma de lo que Camila le había hecho tardaría en sanar.
Pero ya no estábamos solos.
La verdad nos había liberado.
Miré hacia el cielo de Monterrey.
Las montañas parecían menos grises.
"Lo logramos, Lucía", pensé en silencio.
"Tu hijo está a salvo. Tu asesina pagará por lo que hizo."
Tomé la mano de Santiago y la apreté con suavidad.
–Todo va a estar bien ahora, mi amor –le dije.
Y por primera vez en muchos meses, supe que era verdad.