El Sonido de Camila: Mensajes a través del tiempo
Ni siquiera tuve tiempo de procesar la tristeza cuando esa frase absurda me sacó de balance.
Cualquiera que use esta aplicación sabe que al dar doble toque, se envía la frase que el usuario haya dejado programada.
Eso significaba que Mateo, el estricto y frío académico, había configurado como respuesta: "Ven y lánzate a mis brazos".
¿En qué momento de su vida se había vuelto tan cursi y ridículo?
Todavía estaba procesando la ironía de la situación cuando vi algo imposible.
En la parte superior de la pantalla, justo debajo de su nombre, aparecieron las letras: "escribiendo...".
Me quedé sin aire, parpadeando rápidamente, creyendo que era un fallo de la red.
Pero un segundo después, entró un mensaje nuevo.
Mateo: "¿Tu marido no se va a poner celoso?".
Grité y solté el celular sobre el escritorio como si quemara.
¿Cómo diablos me estaba contestando un hombre que llevaba dos años bajo tierra?
Eso no tenía ningún maldito sentido lógico.
Cuando él murió, esta aplicación ni siquiera tenía esa actualización de los toques automáticos.
La única explicación racional era que algún familiar o amigo bromista se había quedado con su línea telefónica.
Con las manos sudando frío, agarré el teléfono y escribí furiosa.
"¿Quién carajos eres?".
La respuesta llegó casi al instante, con una rapidez pasmosa.
"Soy Mateo, obvio".
Antes de que yo pudiera insultarlo, entró otro mensaje.
"Oye, Camila, ¿qué onda? ¿A poco ya borraste mi contacto?".
El tono burlón, la manera exacta en que estructuraba las oraciones, era idéntico a él.
Pero mi mente científica se negaba a aceptar lo sobrenatural.
"Deja de hacerte el gracioso, sé perfectamente que Mateo falleció hace dos años".
"¿Por qué te estás haciendo pasar por él? Es de pésimo gusto".
Del otro lado hubo un silencio pesado que duró varios minutos.
Yo apretaba el celular, sintiendo cómo el pulso me latía en las sienes.
"¿No vas a decir nada, cobarde?", le escribí de nuevo, impaciente.
Finalmente, el "escribiendo..." volvió a aparecer.
"¿Tantas ganas tienes de verme muerto, niña?".
"Está bien, ya me descubriste, te voy a decir la verdad".
Yo fruncí el ceño, preparándome para leer la confesión de algún estudiante bromista.
Pero el texto que siguió me dejó helada.
Mateo: "Sí, soy Mateo, y en este momento te estoy mandando mensajes desde mi ataúd".
La imagen mental de ese hombre riéndose de forma macabra inundó mi cabeza.
El pánico empezó a apoderarse de mis extremidades.
¿Estaba experimentando un maldito episodio psicótico o estaba hablando con un fantasma?
Como si pudiera ver mi miedo, el chat se iluminó con otra línea.
"Está todo oscuro aquí abajo, ¿no te da miedo?".
Mis manos temblaban tanto que el celular casi se me resbala hacia el suelo.
Si esto no era una broma pesada, entonces mi cordura estaba en serio peligro.
Decidida a acabar con el misterio, presioné el ícono de videollamada sin pensarlo dos veces.
El tono de espera sonó una, dos, tres veces, haciéndome sudar a mares.
Y entonces, la llamada se conectó.
La pantalla de mi teléfono estaba completamente negra, como si la cámara estuviera cubierta.
No se escuchaba tráfico, ni voces, ni el zumbido del viento.
Era un silencio profundo, opresivo, un silencio que no pertenecía al mundo de los vivos.
"¿Mateo?", susurré con un hilo de voz, sintiendo que me desmayaba.
A través de la bocina, llegó esa voz grave, suave y magnética que había atormentado mis sueños durante años.
"Sí, Camila, soy yo".
El teléfono se me resbaló de las manos y chocó contra el teclado de mi computadora.
Lo atrapé torpemente antes de que cayera al suelo, con el corazón a mil por hora.
Desde el otro lado de la línea, escuché claramente cómo soltaba una carcajada leve.
El sol seguía brillando afuera de la ventana de la oficina, burlándose de mi terror.
A plena luz del día, en el campus de la universidad más prestigiosa de México, me negaba a creer que estaba hablando con el más allá.
Mi mente de investigadora empezó a buscar teorías locas en la física cuántica, aferrándome a la idea de los universos paralelos o agujeros de gusano.
Era una locura absoluta, pero mi boca formuló la pregunta antes de poder frenarla.
"Mateo, necesito que me digas exactamente qué día, mes y año es hoy para ti".
Hubo una breve pausa antes de que respondiera con seguridad.
"Es 11 de mayo de 2023".
Se escuchó cómo chasqueaba la lengua con impaciencia, creyendo que yo estaba jugando.
"No te hagas la tonta, ya te dije que estoy en mi ataúd, así que el tiempo corre igual para los dos".
Pero yo me quedé sin aire al escuchar el año.
No era el mismo tiempo, no compartíamos la misma línea temporal.
Para él era el 2023, pero yo estaba sentada en mi oficina en pleno 2026.
Nos separaban tres malditos años.
"Mateo, escúchame bien... si te digo que soy la Camila del año 2026, ¿me vas a creer?".
Del otro lado de la llamada solo se escuchó un ruido estático, seguido del tono de línea cortada.
Me había colgado.
Miré la pantalla apagada, sintiendo cómo la frustración y la tristeza se mezclaban en mi pecho.
Seguramente pensó que yo estaba completamente borracha o que había perdido la razón.
Y siendo honestos, si alguien me dijera algo así, yo también lo mandaría al diablo.
Pasaron unos quince agonizantes minutos donde no supe qué hacer con mi existencia.
De repente, la pantalla se iluminó con un nuevo mensaje de texto suyo.
"Perdón, es que la señal aquí adentro del ataúd está medio chafa".
Solté una risa histérica que rápidamente se convirtió en un sollozo contenido.
En la universidad, él siempre mantenía una fachada de elegancia intelectual y superioridad inalcanzable.
Pero solo conmigo, en privado, dejaba salir ese humor negro y sarcástico tan particular.
Esa dualidad me había hecho creer, estúpidamente, que yo era especial para él.
Aunque después descubrí, de la peor manera, que su corazón era un témpano de hielo.
Tragándome el nudo que me asfixiaba, tecleé con desesperación.
"¿Entonces me crees o no?".
Mateo respondió de inmediato: "Te creo".
"¿Por qué confiarías en algo tan absurdo?", le cuestioné, sintiendo un leve calor en las mejillas.
La aplicación marcó que estaba escribiendo durante un tiempo largo, larguísimo.
Yo esperaba que me diera una cátedra teórica sobre física temporal y dilatación del espacio.
En cambio, después de casi cinco minutos, me mandó un mensaje de apenas un renglón.
"Porque yo le creería cualquier cosa a mi Camila".
Mi Camila.
Me quedé mirando esas dos palabras fijamente hasta que las letras se volvieron borrosas por las lágrimas.
Pero el orgullo es un monstruo difícil de matar, y el dolor de aquella noche en su departamento regresó como una bofetada.
Tecleé con rabia, queriendo lastimarlo como él me lastimó a mí.
"Ay, por favor, mira nada más quién lo diría, ¿ahora confías en lo que dice alguien defectuosa?".
El chat se quedó mudo al instante.
Justo cuando pensé que lo había alejado para siempre con mi veneno, cambió radicalmente de tema.
"¿Cómo le va a la Camila de 27 años? ¿Eres feliz?".
Me sequé las lágrimas con el dorso de la mano y respondí a la defensiva.
"Me va increíble, fíjate. Triunfé en el extranjero, regresé como investigadora titular y, de paso, me adueñé de tu antigua oficina".
Mateo envió un emoji sonriente y escribió: "Órale, qué orgullo, sabía que ibas a llegar lejos".
Mis pulgares volaban sobre el teclado, impulsados por años de resentimiento acumulado.
"Para que veas, Mateo, resulta que las personas con discapacidad también podemos brillar y sí hay gente que nos quiere".
Su respuesta tardó un poco más en llegar, y cuando lo hizo, me dejó completamente descolocada.
"Qué bueno, me alegro mucho. Oye, con todo respeto, ¿no te sabes los números ganadores del Melate del próximo sorteo?".
Yo parpadeé varias veces, sin poder dar crédito a lo que leía.
¿Qué clase de cabrón sin sentimientos era este tipo?
Yo derramando mis traumas emocionales y él pidiéndome los números de la lotería para hacerse rico.
"Eres un pinche insensible, Mateo, neta no tienes remedio", le escribí furiosa antes de bloquear la pantalla.
Esa misma noche, llamé a mi mejor amiga, Valeria, y la arrastré a un bar en la colonia Condesa.
Después de cuatro caballitos de tequila, le solté toda la historia del teléfono y la anomalía temporal.
"Te juro que estaba llorando mares por él y el muy infeliz me pide la lotería", sollocé, golpeando la barra con mi vaso.
"Pero lo que más coraje me da, es que después de insultarlo, me puse a pensar si de verdad necesitaba dinero para su tratamiento".
Valeria me miró con los ojos muy abiertos, procesando la locura que le acababa de contar.
"Güey, viéndolo bien, en el fondo tienes un corazón de pollo, te sigues derritiendo por ese hombre", me dijo suspirando.
"¿De qué sirve, Vale? De todos modos no está vivo para verlo", murmuré, sintiendo que el alcohol me nublaba los sentidos.
El Mateo del 2023 seguramente ignoraba que su obsesión por el trabajo lo iba a llevar a la tumba en cuestión de meses.
Durante los últimos cinco años, mi mayor motor había sido el resentimiento.
Me había roto el lomo estudiando y trabajando solo para algún día pararme frente a él y restregarle mi éxito en la cara.
Quería obligarlo a admitir que fue un completo estúpido al rechazarme de esa manera tan cruel.
Pero el destino me había jugado una broma macabra, llevándoselo antes de mi revancha.
Valeria jugueteó con el limón de su bebida y me miró con una expresión seria.
"A ver, Camila, si el periódico dice que él no se atendió por seguir en el laboratorio... igual y sí estaba quebrado económicamente".
Yo levanté la vista, sintiendo que el mundo daba vueltas a mi alrededor.
"Piénsalo, neta. Si ahorita mismo lo obligas a ir al hospital con los millones de la lotería, a lo mejor le salvas la vida".
"Si cambias su pasado, ¿no crees que podrían reencontrarse en tu presente?".
Las palabras de Valeria cayeron sobre mí como un balde de agua helada, despejándome la borrachera de golpe.
"Claro que jugar a ser Dios puede traer el efecto mariposa, y a saber qué desmadre causes en el futuro", advirtió ella, nerviosa.
"Igual y salvas al mundo o igual y nunca se conocen, es un volado".
Pero en mi cabeza trastornada por el tequila y la esperanza, vi una luz brillante en medio del túnel.
Arrojé un billete de quinientos pesos sobre la barra y saqué mi celular riendo y llorando al mismo tiempo.
"Me vale madres el universo, le voy a pasar los malditos números", grité, llamando la atención del mesero.
Busqué rápidamente en Google el histórico del sorteo Melate de la segunda semana de mayo de 2023.
Copié la serie ganadora y se la mandé directo a su chat.
Como era de madrugada, me entró el pánico de que se quedara dormido y no comprara el boleto a tiempo.
Así que ignoré cualquier protocolo y le marqué por teléfono, tambaleándome hacia la salida del bar.
Al segundo tono, él contestó.
No lo dejé ni respirar antes de empezar a soltar palabras atropelladas por el llanto.
"Ya te mandé los números, cabrón, así que mueve tu trasero y ve a comprar ese boleto a primera hora".
Del otro lado, Mateo se quedó en absoluto silencio, probablemente asustado por mi histeria.
Apoyada contra un poste en la calle, con el aire frío de la Ciudad de México alborotándome el cabello, me derrumbé.
"Con todo ese dinero vas a pagar a los mejores doctores, ¿me escuchaste?".
El dolor de saber que su cuerpo estaba enterrado en un panteón me partía el alma en mil pedazos.
"Por favor, te lo suplico, no te mueras... no te atrevas a morirte", le rogué con la voz hecha trizas.
Los autos pasaban veloces por la avenida, salpicando agua de un charco cercano, mientras yo lloraba como una niña perdida.
Mateo dejó escapar un suspiro tan profundo y cansado que me erizó la piel.
"Eres tan tonta, Camila", murmuró suavemente.
"Tonta por no darte cuenta de mis verdaderas intenciones, y más tonta por quererme tanto tiempo".
Yo no era de las que hablaban de sus sentimientos, normalmente me tragaba todo.
Pero esa noche, con las defensas destruidas por el tequila, me quité la armadura.
Apreté el celular contra mi oído bueno, apretando los ojos.
"Mateo, te juro que te perdono todo, pero por favor, vive".
"Aunque me odies, aunque te dé asco mi sordera, solo quiero saber que estás vivo en alguna parte de este mundo".
El silencio volvió a instalarse en la línea.
Por el sonido hueco, supe que había alejado el teléfono de su rostro, seguido de un acceso de tos violento que me partió el corazón.
Cuando volvió a hablar, su voz estaba ronca, frágil, como si cada sílaba le costara la vida entera.
Pero a pesar del sufrimiento, su tono era infinitamente dulce y cálido.
"No llores, pequeña, te juro que escucharte llorar me duele muchísimo más que esto".
Mi corazón dio un vuelco salvaje y me enderecé de golpe.
"¿Qué te duele? ¿En dónde sientes dolor?", le exigí saber, en modo pánico total.
"Me duele aquí... en el corazón", respondió en un susurro.
A la mañana siguiente, me desperté con una resaca del tamaño del Estadio Azteca.
Leí el historial de WhatsApp con un ojo cerrado, y la vergüenza de mi show dramático de anoche me hizo querer aventarme por la ventana.
Recordar su frase de "me duele el corazón" me tenía la cabeza hecha un nudo de confusión y esperanza.
Ese hombre era un enigma, un maldito rompecabezas que no lograba armar ni con las piezas en la mano.
Después de tomarme un litro de agua y dos aspirinas, la curiosidad me ganó.
Escribí en la caja de texto: "¿Siempre sí fuiste a comprar tu cachito de lotería?".
La notificación sonó al instante.
"¿Qué pasó? ¿Ya estás haciendo cuentas para ver de a cuánto nos toca?".
Mi corazón se desplomó y mi paciencia se esfumó en un segundo.
Era el mismo idiota de siempre.
Ayer en la madrugada me había hablado con una ternura que me destrozó el alma, y hoy volvía a ser el cínico que siempre había odiado.
Trataba todo el asunto como si mi desesperación hubiera sido una simple broma de borrachos.
Me llené de tanto coraje que decidí aplicarle la ley del hielo.
Pasaron varios días sin que yo le mandara ni un mísero sticker, y, por supuesto, él tampoco hizo el mínimo esfuerzo por buscarme.
El chat se quedó acumulando polvo digital, igual que su vieja oficina.
Fue hasta el jueves por la tarde, justo después de terminar mi clase magistral, que todo explotó.
Estaba borrando las ecuaciones del pizarrón cuando una estudiante de nuevo ingreso se acercó a mi escritorio con pasos tímidos.
"Disculpe, profesora Camila, ¿puedo hacerle una pregunta?", me dijo, abrazando su tableta contra el pecho.
"Dime, claro, ¿qué duda te quedó de la clase?", respondí amablemente mientras guardaba mi laptop.
Ella se ruborizó y bajó un poco la voz.
"Es que en los pasillos andan diciendo que usted fue alumna directa del doctor Mateo, ¿es neta?".
Yo me detuve un segundo, sintiendo el viejo aguijón en el pecho.
"Sí, tomé un par de sus materias hace años", contesté con neutralidad.
Mateo había sido una de las vacas sagradas de la facultad, conseguir un lugar en su clase era como ganar los juegos del hambre.
La plataforma de inscripciones de la universidad se caía cada semestre por la cantidad de alumnos peleándose por entrar con él.
"Es que... bueno, perdón por ser tan metiche, pero ¿le puedo preguntar algo más personal?", titubeó la chica, mordiéndose el labio.
Yo levanté una ceja, esperando lo peor.
"La raza en la facultad anda inventando que usted y el profesor Mateo tenían una relación romántica... ¿es verdad?".
Solté el borrador sobre el escritorio, comprendiendo de golpe la curiosidad de la niña.
A la gente siempre le encanta armar telenovelas con la vida ajena.
Solté una carcajada amarga y negué con la cabeza, mirando a los ojos a la estudiante.
"No, para nada, se equivocan rotundamente, no hubo absolutamente nada de eso".
La expresión de la chica se transformó en una mueca de incredulidad total.
"Ay, profa, ¿cómo no? ¡No me diga eso!".
La miré con genuina curiosidad, apoyando las manos en la madera del escritorio.
"¿Qué pasa? Te veo muy decepcionada de mi aburrida vida amorosa", bromeé para relajar el ambiente.
Pero lo que ella me iba a decir cambiaría mi mundo para siempre.
Con la ansiedad a flor de piel, la estudiante desbloqueó su tableta y me la puso enfrente.
"Es que todos los de maestría y doctorado saben la historia completa".
"Ellos aseguran que el profesor se negó a recibir quimioterapia porque necesitaba ese tiempo para terminar el electrodo coclear especialmente para usted".
Yo dejé de respirar y sentí que el suelo de la pequeña aula se movía bajo mis pies.
"Incluso le puso su nombre al proyecto final en la patente internacional", continuó ella con voz emocionada.
El viento sopló fuerte por la ventana abierta, tirando un par de hojas sueltas al piso, pero yo no me podía mover.
"¿Qué nombre le puso?", pregunté con un hilo de voz, sintiendo que me ahogaba.
"¿A poco no sabía? Le puso 'Proyecto C: El Sonido de Camila'".
La chica empezó a hablar rapidísimo, emocionada por el chisme académico.
"Hasta hicieron un artículo súper bonito en la gaceta universitaria hablando de la inspiración del doctor, lo titularon 'Un regalo de vida: la voz de Camila'".
Mientras ella seguía hablando, el implante en mi oído derecho comenzó a pitar desesperadamente.
Era una alarma aguda, estridente, que me atravesó el cráneo como mil agujas al rojo vivo.
El dolor físico era insoportable, pero el dolor emocional que me desgarró por dentro fue infinitamente peor.
A duras penas me despedí de la estudiante y manejé hasta mi departamento sintiendo que el cuerpo entero me temblaba.
Al llegar, me dejé caer en el sillón de la sala, sin quitarme siquiera los zapatos, con la mente hecha un torbellino.
Me quedé mirando el techo blanco durante horas, paralizada por el peso aplastante de la verdad.
Mateo no me odiaba; Mateo había entregado los últimos meses de su vida intentando devolverme el silencio que me faltaba.
Saqué el celular con las manos empapadas en sudor frío y abrí nuestra conversación.
Escribí docenas de mensajes, disculpándome, gritándole, pidiéndole explicaciones, pero borraba cada intento antes de enviarlo.
Era demasiado grande, demasiado profundo y doloroso para resumirlo en un estúpido mensaje de texto.
Había tantos secretos sepultados bajo las capas del tiempo que no tenía ni idea de cómo iniciar la confrontación.
Pero lo más extraño y surrealista ocurrió justo en ese momento de duda.
Antes de que yo pudiera enviarle mi reclamo lleno de lágrimas, su nombre apareció en línea.
El mensaje que me llegó me robó el aliento.
Con ese mismo tono sarcástico y desesperante que usaba para ocultar su agonía, escribió.
"¿Tan difícil te es darme las gracias, o me vas a salir con que la lotería no pegó?".