Cenizas de un Contrato: El Regreso de Valeria

Cenizas de un Contrato: El Regreso de Valeria

Utilicé todo el peso del apellido de mi familia para acorralar a Alejandro y obligarlo a estar conmigo.

Fui yo quien movió los hilos en las sombras para salvar la empresa constructora de su padre.

A cambio de esa inyección de capital millonario, le exigí un precio que a mis ojos parecía justo.

Le pedí que se convirtiera en mi novio oficial durante dos años completos.

Yo estaba completamente cegada por un capricho que confundí con amor verdadero.

Creía inocentemente que el roce diario terminaría por encender una chispa genuina en su corazón de hielo.

Durante esos veinticuatro meses, jugamos a ser la pareja perfecta frente a los reflectores de la alta sociedad mexicana.

Él me abría la puerta del coche con una caballerosidad impecable.

Me enviaba inmensos arreglos de peonías blancas cada lunes por la mañana a mi oficina.

Incluso me tomaba de la mano en los eventos de beneficencia con una firmeza que me hacía temblar.

Yo realmente llegué a pensar que ambos habíamos empezado a entender nuestros sentimientos.

Me convencí de que sus miradas largas y silenciosas eran una prueba de que me estaba aceptando en su vida.

Pensaba que la deuda financiera había quedado en el olvido y que ahora solo quedaba cariño puro.

Pero la realidad siempre tiene una forma brutal y despiadada de romper las fantasías más dulces.

Todo se derrumbó una noche de viernes durante una exclusiva fiesta en un penthouse de Polanco.

El ambiente estaba saturado por el olor a perfumes caros y humo de puros cubanos.

La música electrónica vibraba suavemente a través de las inmensas paredes de cristal que daban hacia la avenida Masaryk.

Yo llevaba un vestido de seda negra que él mismo había elogiado al recogerme en mi casa.

Me sentía como la mujer más afortunada y poderosa de toda la Ciudad de México.

En un momento de la noche, lo perdí de vista entre la multitud de empresarios y socialités.

Tomé una copa de champaña de la bandeja de un mesero y me dispuse a buscarlo.

Caminé por el largo pasillo iluminado con luces tenues que conectaba con la enorme terraza principal.

El viento frío de la madrugada golpeaba las cortinas de lino blanco, creando un ambiente casi cinematográfico.

Estaba a punto de cruzar el umbral cuando escuché su voz inconfundible charlando en la oscuridad.

Me detuve en seco al reconocer también la voz de Rodrigo, su mejor amigo desde la preparatoria.

Me quedé escondida detrás del marco de la puerta, conteniendo la respiración por puro instinto.

Rodrigo soltó una carcajada ronca antes de hacerle una confesión que me heló la sangre.

Le dijo con un tono lleno de envidia que yo era la mujer más espectacular de toda la fiesta.

Le confesó sin ningún pudor que tenía unas ganas inmensas de tirarme la onda y conquistarme.

Cualquier novio enamorado habría reaccionado con celos o al menos con una advertencia severa.

Cualquier hombre que sintiera un mínimo de respeto habría defendido su territorio de inmediato.

Pero Alejandro no hizo nada de eso.

Escuché claramente cómo soltaba una risa seca, cargada de un cinismo que jamás le había conocido.

El sonido de los hielos chocando contra el cristal de su vaso de whisky resonó en la noche.

Su respuesta fue un dardo envenenado que atravesó mi pecho sin ninguna piedad.

Le dijo a su amigo que le encantaría que hiciera exactamente eso.

Mencionó con una frialdad escalofriante que sería el favor más grande que alguien podría hacerle en la vida.

Dijo textualmente que estaba harto de ser el perro guardián de una niña rica y mimada.

Aseguró que estaba contando los días, las horas y los minutos para que nuestro estúpido contrato terminara.

Remató su discurso diciendo que si Rodrigo lograba enamorme, él mismo le pagaría la boda para librarse de mí.

El mundo entero dejó de girar en ese preciso instante.

El aire desapareció de mis pulmones como si alguien me hubiera golpeado directamente en el estómago.

Mis dedos se adormecieron al grado de que casi dejo caer la fina copa de cristal al piso de mármol.

La punta de mi nariz se congeló y mis ojos se llenaron de unas lágrimas que me negué a derramar.

Todo el castillo de ilusiones que había construido durante setecientos treinta días se desmoronó en un segundo.

El hombre que me besaba la frente por las mañanas me consideraba su peor castigo.

El novio que me abrazaba por las noches solo sentía asco y desesperación por mi presencia.

Nunca hubo amor, nunca hubo cariño, ni siquiera existía un mínimo de gratitud.

Yo solo era la carcelera que lo obligaba a fingir un romance a cambio de la supervivencia de su familia.

Me di cuenta de que mi dinero había comprado su tiempo, pero jamás lograría comprar su alma.

La humillación quemaba en mi garganta con un sabor a bilis y tristeza profunda.

No tuve el valor de salir a la terraza y enfrentarlo frente a su mejor amigo.

No quería ver la lástima en los ojos de Rodrigo ni la burla en la mirada de Alejandro.

Di un paso hacia atrás con un cuidado extremo para no hacer rechinar mis tacones de diseñador.

Me di la media vuelta y caminé hacia la salida del departamento como un fantasma que huye de la luz.

Atravesé la sala llena de gente sin despedirme absolutamente de nadie.

Ignoré a las esposas de los banqueros que intentaron saludarme al pasar por la barra de bebidas.

Subí al elevador privado y presioné el botón de la planta baja con un dedo tembloroso.

El reflejo de los espejos del ascensor me devolvió la imagen de una mujer patética y derrotada.

Esa noche, parada en el lobby esperando a mi chofer, tomé la decisión más dolorosa de mi existencia.

Iba a liberarlo de sus cadenas antes de que él tuviera la oportunidad de seguir riéndose a mis espaldas.

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