Un Amor Prohibido Hasta la Eternidad

Un Amor Prohibido Hasta la Eternidad

Alejandro golpeó la pared del hospital con muchísima furia.

Sus nudillos sangraban por la fuerza del impacto.

La pintura blanca quedó manchada de color rojo.

No podía aceptar esa maldita y cruel realidad.

"Tiene que haber un error", gritaba muy desesperado.

"Exijo que repitan esos malditos exámenes ahora mismo".

El viejo médico negó con la cabeza tristemente.

"Hicimos tres pruebas diferentes para estar totalmente seguros".

"El diagnóstico es definitivo y no tiene ninguna cura".

Alejandro tomó al doctor por el cuello blanco.

"Pagaré millones por los mejores especialistas del mundo".

"Traeré médicos expertos de Estados Unidos y de Europa".

"El dinero no puede comprar milagros", respondió asfixiado.

Alejandro soltó al hombre cayendo de rodillas llorando.

Las lágrimas empaparon su costoso traje de diseñador.

El silencio del doctor fue su peor condena.

Alejandro cayó sentado en la silla de plástico.

Sus manos cubrieron su rostro ocultando su dolor.

"Debe existir un tratamiento experimental en el extranjero", insistió.

El doctor puso una mano sobre su hombro.

"Su sistema inmunológico está completamente destruido por completo".

"La quimioterapia solo aceleraría su terrible final inevitable".

Alejandro miró a Valentina a través del cristal.

Ella dormía conectada a muchas máquinas de soporte.

Un tubo de oxígeno ayudaba a su respiración.

Su piel parecía papel translúcido bajo las luces.

Esa imagen quedará grabada en su mente siempre.

Valentina lloraba en silencio sobre su cama blanca.

Ella sabía que su final estaba muy cerca.

Sentía una debilidad profunda en sus propios huesos.

Alejandro se arrastró hacia ella por el suelo.

Besó sus manos frías con una devoción absoluta.

"No voy a dejarte morir", prometió muy roto.

"Lucharemos juntos contra esta maldita enfermedad del infierno".

Valentina acarició su cabello desordenado con mucha ternura.

"Solo quiero pasar mis últimos días a tu lado".

Los días siguientes fueron una tortura verdaderamente inhumana.

Valentina fue sometida a quimioterapias sumamente muy dolorosas.

Las potentes medicinas destruían su cuerpo por dentro.

Su hermoso cabello negro comenzó a caerse lentamente.

Mechones oscuros quedaban atrapados en su almohada blanca.

Alejandro rapó su propia cabeza en completa solidaridad.

Su piel cobró un tono pálido casi transparente.

Sus venas azules resaltaban en sus brazos delgados.

Perdió mucho peso en cuestión de pocas semanas.

Parecía una frágil muñeca de porcelana a punto de romperse.

Alejandro no se separó de su lado nunca.

Abandonó su empresa dejando todo en manos ajenas.

Dormía en una silla incómoda junto a ella.

Su única misión en la vida era cuidarla.

La alimentaba con una cuchara como una niña.

Soplaba la sopa caliente para no quemar sus labios.

La bañaba con esponjas húmedas con mucho cuidado.

Leía sus poemas favoritos durante las madrugadas frías.

Cantaba canciones de cuna para calmar sus dolores.

Una tarde lluviosa el médico dio peores noticias.

"Los tratamientos ya no están haciendo ningún efecto".

"Solo podemos administrarle morfina para evitarle el dolor".

Alejandro sintió que su alma moría ese día.

Firmó los papeles de cuidados paliativos con manos temblorosas.

Valentina pidió hablar con él esa misma noche.

Su voz apenas era un susurro muy débil.

Su respiración sonaba rasposa y sumamente muy cansada.

"Quiero que nos casemos hoy", pidió ella sonriendo.

Alejandro sintió un nudo gigante en su garganta.

"Pero no podemos salir de este cuarto de hospital".

"No necesito un sacerdote eclesiástico", explicó ella débilmente.

"Será una boda simbólica entre nuestras dos almas".

Él aceptó besando sus nudillos con mucha adoración.

Pidió a una enfermera que consiguiera unos anillos.

La compasiva mujer trajo dos argollas de plata sencillas.

Alejandro compró un pequeño ramo de rosas rojas.

Cerró la puerta de la habitación con seguro.

Apagó las luces fluorescentes para mayor intimidad romántica.

Encendió unas pequeñas velas electrónicas en los burós.

Puso música suave de violines en su celular.

Valentina usaba su bata blanca como vestido nupcial.

Alejandro vestía una camisa blanca perfectamente bien planchada.

Se arrodilló junto a la cama del frío hospital.

Tomó sus manos frías con un amor infinito.

"Prometo amarte en esta vida y la siguiente".

"Prometo buscarte en todas mis reencarnaciones futuras siempre".

Deslizó el anillo por su dedo extremadamente delgado.

Valentina tomó el otro anillo con dedos temblorosos.

Lo colocó lentamente en la mano de su hermano.

"Eres el único amor de mi triste vida".

"Llevaré tus dulces besos conmigo hacia la eternidad misma".

Se besaron con una ternura infinita y pura.

Esa noche mágica fue su única luna de miel.

Alejandro subió a la cama abrazándola con cuidado.

Durmieron entrelazados desafiando las reglas de la moral.

Al amanecer el cielo de México lucía gris.

El monitor cardíaco comenzó a pitar más lento.

Alejandro despertó asustado buscando los ojos de Valentina.

Ella lo miraba con una paz muy profunda.

Una sonrisa iluminaba su rostro cansado y enfermo.

"Ya no siento ningún dolor", susurró ella aliviada.

Él supo que el final había llegado hoy.

Lloró acariciando su mejilla fría con mucha desesperación.

"Te amo muchísimo mi amor", dijo él llorando.

"Espérame allá arriba por favor", rogó besando sus labios.

"Te estaré esperando siempre", fue su último aliento.

Sus ojos oscuros se cerraron para siempre lentamente.

Su mano soltó el agarre cayendo sobre la cama.

Su débil pecho dejó de subir y de bajar.

La máquina mostró una línea verde totalmente plana.

Un pitido agudo e ininterrumpido rompió el silencio.

Los médicos entraron corriendo con equipo de reanimación.

Alejandro fue empujado hacia un rincón del cuarto.

Observó cómo aplicaban descargas eléctricas en su pecho.

El cuerpo inerte saltaba por los fuertes choques.

"Hora de muerte, siete quince", declaró el médico.

Esa terrible frase destruyó la cordura del pobre hombre.

Alejandro empujó a los doctores gritando con mucha furia.

Abrazó el cadáver de su esposa simbólica fuertemente.

Gritó su nombre hasta que su garganta sangró.

Su llanto desgarrador resonó por todo el pasillo.

Nadie pudo separarlo de ella durante varias horas.

El tiempo perdió todo significado para su mente.

Los paramédicos levantaron el cuerpo cubierto con sábanas.

Alejandro caminaba detrás de ellos como un zombi.

El pasillo del hospital parecía un túnel infinito.

La lluvia afuera continuaba cayendo con mucha fuerza.

El funeral fue un evento íntimo y silencioso.

Pocas personas asistieron a despedir a la joven.

Alejandro compró el panteón más lujoso de México.

La lápida de mármol blanco tenía letras doradas.

"Aquí yace Valentina, mi eterno y único amor".

Colocó mil rosas rojas sobre la tumba fría.

Lloró sobre la tierra mojada durante muchas horas.

Nadie se atrevió a consolar al hombre destruido.

Cinco años después de esa terrible mañana lluviosa.

Alejandro vivía encerrado en la inmensa mansión familiar.

Los muebles antiguos reflejaban una tristeza muy antigua.

Las cortinas de terciopelo bloqueaban la luz lunar.

Los candelabros de cristal colgaban del techo alto.

El piso de mármol estaba frío como hielo.

Dejó crecer su barba luciendo muy descuidado físicamente.

Nunca regresó a dirigir su exitosa empresa constructora.

Vendió casi todo para donarlo a una fundación médica.

Su pobre corazón fue enterrado junto al ataúd blanco.

Caminaba por los oscuros pasillos como un fantasma.

Hablaba solo frente al gran retrato de Valentina.

Vestía trajes negros como un luto totalmente eterno.

El amor verdadero lo condenó a la maldita soledad.

Su castigo era vivir recordando sus besos prohibidos.

Cada noche soñaba con ella corriendo hacia él.

Despertaba llorando abrazando una almohada vacía y fría.

Hoy era el quinto aniversario exacto de su muerte.

Alejandro sirvió un trago doble de tequila añejo.

Caminó hacia el antiguo escritorio de madera noble.

Abrió el primer cajón sacando un arma plateada.

Miró el metal frío con una sonrisa macabra.

Levantó el revólver apuntando hacia su propia sien.

El anillo de plata brillaba en su dedo.

Cerró los ojos imaginando el hermoso rostro de Valentina.

"Ya voy a alcanzarte mi amor", susurró feliz.

Apretó el gatillo con una firmeza totalmente absoluta.

Un disparo ensordecedor rompió el silencio del lugar.

La tragedia de los hermanos quedó sellada eternamente.

 

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