El Monstruo en Casa: El Secreto del Sótano

El Monstruo en Casa: El Secreto del Sótano

Valeria miró la boca del arma temblando sin control.

El pánico bloqueaba cualquier pensamiento racional en su cabeza.

"Por favor no me hagan daño a mi bebé".

Ella suplicó cubriendo su estómago con ambos brazos.

Don Arturo bajó el cañón de la escopeta lentamente.

El viejo no tenía la mirada de un asesino.

Sus ojos reflejaban un terror mucho mayor al suyo.

"Nosotros no queríamos lastimarte nunca querida Valeria".

El hombre habló con una voz rasposa y cansada.

"Solo queríamos vigilar lo que pasaba en tu casa".

Doña Elena se adelantó secando sus amargas lágrimas.

"Sabemos que esto parece la obra de unos locos".

La anciana señaló el muro lleno de fotografías robadas.

"Pero vimos algo espantoso hace unas pocas noches atrás".

Valeria frunció el ceño totalmente confundida por la situación.

"Ustedes son unos enfermos pervertidos que violan mi privacidad".

La periodista gritó sintiendo un coraje muy profundo ahora.

Don Arturo encendió una de las pantallas más grandes.

"Mira esta grabación y juzga por ti misma mujer".

El video mostraba la entrada trasera de la mansión.

Eran imágenes de la madrugada de hace dos días.

La fecha coincidía con la desaparición del pequeño Mateíto.

La cámara apuntaba hacia el sótano de la periodista.

Valeria no entendía qué estaba viendo en ese momento.

En el video apareció la figura de un hombre.

Llevaba un bulto grande envuelto en una cobija oscura.

El hombre abrió la puerta de su propio sótano.

La cámara hizo un acercamiento al rostro del sujeto.

Valeria sintió que el mundo entero daba mil vueltas.

El hombre del video era su amado esposo Diego.

El bulto en sus brazos se movía con desesperación.

Unos pequeños tenis rojos asomaban por la gruesa cobija.

Eran los tenis favoritos del niño desaparecido del barrio.

El aire abandonó los pulmones de la aterrorizada mujer.

Un mareo brutal amenazó con hacerla desmayar ahí mismo.

"No puede ser, esto es un montaje muy asqueroso".

Valeria negó con la cabeza llorando de pura negación.

"Diego es incapaz de hacerle daño a una mosca".

Doña Elena tomó las manos heladas de la periodista.

"Tu esposo metió a ese pobre chamaco al sótano".

"Nosotros tuvimos miedo de llamar a la policía local".

"Diego tiene mucho dinero y compraría a los jueces".

Valeria soltó las manos de la anciana con violencia.

"Ustedes son unos malditos mentirosos y unos voyeristas asquerosos".

Ella corrió hacia las escaleras huyendo del oscuro sótano.

Las lágrimas nublaban por completo toda su visión.

Subió los escalones tropezando por el peso del embarazo.

Salió al jardín respirando el aire helado de Monterrey.

Corrió por el pasto mojado resbalando un par de veces.

Llegó a la puerta de su propia y enorme casa.

Entró corriendo y cerró los seguros con manos temblorosas.

La casa estaba completamente sumida en una oscuridad sepulcral.

Valeria caminó hacia la puerta de su propio sótano.

Diego siempre mantenía esa puerta cerrada con llave especial.

Él decía que era su taller de arquitectura privado.

Ella nunca había intentado entrar por respeto a él.

Ahora su instinto maternal le exigía buscar la verdad.

Buscó la copia de la llave en el cajón.

Sus dedos temblaban al insertar el metal en la cerradura.

Abrió la puerta y encendió la luz de inmediato.

Bajó las escaleras de madera crujiendo a cada paso.

El sótano estaba decorado como un cuarto de niños.

Había paredes pintadas de azul y nubes muy blancas.

Decenas de juguetes caros estaban ordenados en los estantes.

En el centro del cuarto había una cuna gigante.

La cuna tenía barrotes de hierro muy gruesos.

Valeria ahogó un grito cubriendo su boca con fuerza.

El pequeño Mateíto estaba acurrucado durmiendo en un rincón.

El niño abrazaba un oso de peluche muy sucio.

Tenía ojeras marcadas y el rostro manchado de lágrimas.

Valeria corrió hacia los barrotes sollozando de puro dolor.

"¡Mateíto hermoso, no llores que ya estoy aquí contigo!".

El niño despertó asustado retrociendo contra la fría pared.

De repente la luz del sótano se apagó bruscamente.

Unos pasos pesados bajaron por las escaleras de madera.

"No debiste bajar a mi taller de sorpresas mi amor".

La voz de Diego sonó desde la profunda oscuridad.

Valeria giró su cuerpo temblando de terror y asco.

Diego encendió una pequeña lámpara de luz muy cálida.

Su rostro lucía una sonrisa desquiciada y muy macabra.

Sus ojos tenían el brillo de la completa locura.

"Yo solo quería tener todo listo para nuestro bebé".

Él caminó hacia la enorme cuna acariciando los barrotes.

"Santi murió porque nosotros no fuimos unos buenos padres".

Santi era el nombre del primer bebé que perdieron.

La muerte del feto había destrozado la mente masculina.

"Este nuevo niño no puede estar solo sin hermanos".

Diego miró al niño aterrorizado con una ternura enfermiza.

"Traje a este chamaco para que sea su hermano mayor".

Valeria sintió un terror que paralizó todos sus huesos.

Estaba casada con un monstruo psicópata y muy peligroso.

"Déjalo ir Diego, la policía lo está buscando desesperadamente".

Ella intentó usar un tono calmado para no alterarlo.

Diego soltó una carcajada que resonó en el sótano.

"Él ahora es nuestro hijo y nadie nos separará".

Él sacó un cuchillo de cocina brillando en la luz.

"No permitiré que nadie arruine a nuestra familia perfecta".

Valeria retrocedió chocando contra los barrotes de la cuna.

Comprendió que su vida y la de su bebé dependían de un hilo.

El hombre que amaba era un completo extraño asesino.

La confianza absoluta se rompió en un millón de pedazos.

El monstruo levantó el arma caminando lentamente hacia ella.

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