La Mariposa de Cristal
El frío del hielo calaba los huesos de Mateo.
Sostenía el cuerpo inerte de su amada novia.
La sangre manchaba sus manos temblorosas y desesperadas.
"No me dejes solo en este infierno mi amor".
Él lloraba gritando hacia el techo del enorme recinto.
Su teléfono celular no tenía nada de señal ahí.
Levantó a Lucía en sus brazos corriendo hacia afuera.
Abrió la puerta trasera pateando con mucha fuerza.
La subió a la camioneta manejando como un verdadero loco.
Ignoró todos los malditos semáforos de la ciudad.
Llegó al área de urgencias tocando el claxon brutalmente.
Los enfermeros salieron con una camilla blanca rodante.
Le arrebataron a Lucía empujándolo hacia una sala fría.
Las puertas dobles se cerraron bloqueando su vista.
Mateo cayó al piso del pasillo llorando amargamente.
Su ropa estaba cubierta de la sangre de ella.
Las manecillas del reloj de pared avanzaban muy lento.
Cada minuto era una verdadera tortura para su alma.
Rezó a un Dios que había olvidado hace años.
Ofreció su propia vida a cambio de salvarla hoy.
El médico salió con una expresión sombría y cansada.
Mateo se levantó de un salto agarrando su bata blanca.
"¿Cómo está mi niña, dígame que está viva doctor?".
El hombre suspiró bajando la mirada hacia el piso.
"El golpe en la cabeza causó una hemorragia severa".
"Su cuerpo está invadido por el cáncer en fase final".
"Ya no podemos hacer absolutamente nada por ella joven".
"Le quedan apenas unas cuantas horas de vida natural".
El mundo de Mateo se destruyó en ese instante.
Sintió un vacío inmenso en el centro del pecho.
"Quiero verla ahora mismo, necesito estar con ella".
Entró a la habitación de cuidados intensivos muy despacio.
Las máquinas hacían pitidos constantes y muy molestos.
Lucía tenía la cabeza vendada con mucha gasa blanca.
Su rostro estaba tan pálido como la misma luna.
Abrió los ojos lentamente al escuchar sus pasos pesados.
Una débil sonrisa apareció en sus labios muy secos.
"No llores mi amor, me vas a hacer llorar".
Ella susurró levantando su mano temblorosa hacia él.
Mateo corrió besando esa mano con infinita desesperación.
"Fui un imbécil por dejarte patinar sola esta noche".
Él apoyó su frente en el borde de la fría cama.
"Fue la noche más feliz de toda mi corta vida".
Lucía acarició su cabello rizado con mucha paz.
"Sentí que volaba como una verdadera mariposa libre".
Ella tosió un poco de sangre manchando la almohada.
Mateo limpió su boca con un pañuelo de tela suave.
"Tengo mucho miedo de vivir sin ti mi niña".
Él confesó con el corazón totalmente roto en pedazos.
"Tú eres mi mariposa y mi única salvación real".
Lucía lo miró con una intensidad que quemaba el alma.
"Quiero pedirte una última promesa antes de partir lejos".
Sus ojos se llenaron de lágrimas calientes y sinceras.
"Júrame que vas a volver a nadar como un campeón".
Mateo negó con la cabeza llorando sin ningún control.
"No puedo hacerlo sin que tú estés apoyándome siempre".
Ella apretó su mano usando sus últimas reservas de energía.
"Yo estaré contigo en cada gota de agua salada".
"Seré tu ángel guardián en todas tus competencias futuras".
"Si tú ganas, yo también ganaré desde el cielo azul".
Mateo entendió que esa era su última gran voluntad.
No podía negarle el último deseo a su alma gemela.
"Te lo juro por mi propia vida mi amor".
"Volveré a ser la ballena invencible por ti siempre".
Lucía sonrió cerrando los ojos con mucha tranquilidad.
"Te amaré hasta el fin de los tiempos Mateo".
Su respiración se volvió más lenta y muy superficial.
El pitido de la máquina se volvió un sonido largo.
Una línea plana verde apareció en la pequeña pantalla.
La frágil mariposa había volado hacia la eternidad brillante.
Mateo gritó abrazando el cuerpo inerte de su amada.
Su llanto desgarrador resonó por todos los fríos pasillos.
Había perdido a la mujer que sanó su gran corazón.
Tres largos años pasaron desde aquella trágica madrugada de hospital.
Las gradas de los Juegos Olímpicos estaban completamente llenas hoy.
El público gritaba emocionado en la gran arena deportiva.
Mateo estaba parado frente a la piscina de aguas cristalinas.
Vestía su traje de baño negro con la bandera mexicana.
Sus músculos estaban tensos y listos para la gran carrera.
Llevaba un tatuaje de mariposa en su hombro izquierdo.
Era el favorito para ganar la medalla de oro internacional.
El locutor anunció su nombre por los grandes altavoces.
La multitud estalló en aplausos ensordecedores y muchos gritos.
Él cerró los ojos recordando el bello rostro de Lucía.
Sintió su presencia acariciando su rostro como una brisa.
El sonido del disparo marcó el inicio de la competencia.
Mateo saltó cortando el agua con una técnica perfecta.
Sus brazadas eran potentes y llenas de mucha rabia.
Nadaba impulsado por una promesa de amor muy eterna.
Dejó a sus competidores varios metros atrás muy rápido.
El agua fresca abrazaba su cuerpo como un escudo protector.
Tocó la pared final destrozando el récord mundial anterior.
Salió del agua respirando agitado y mirando el marcador electrónico.
Era el campeón indiscutible de todo el planeta entero.
Los mexicanos celebraban llorando de pura emoción en las gradas.
Él subió al podio más alto con mucha dignidad.
Le colocaron la pesada medalla de oro en el cuello.
El himno nacional sonó erizando la piel de todos ahí.
Mateo no sonreía a pesar de la inmensa gloria alcanzada.
Sacó una pequeña esfera de cristal de su bolsillo húmedo.
La ballena y la mariposa descansaban dentro del adorno hermoso.
Levantó la esfera hacia el cielo iluminado por reflectores potentes.
Las cámaras de televisión enfocaron el hermoso detalle romántico.
"Esta medalla es totalmente tuya mi dulce niña de cristal".
Susurró dejando caer una lágrima por su mejilla bronceada.
Había recuperado su corona en el mundo del deporte acuático.
Los patrocinadores le ofrecían millones de dólares en grandes contratos.
Las mujeres más hermosas buscaban su atención sin parar.
Era el ídolo deportivo más grande de toda la década.
Pero el éxito tenía un sabor a pura ceniza amarga.
Nada de esto importaba si ella no estaba aquí para verlo.
Su corazón seguía enterrado en un triste cementerio de Mazatlán.
Caminó hacia los vestidores ignorando a los molestos periodistas.
Se sentó en la banca de madera abrazando sus rodillas.
Miró la medalla brillante sintiendo un vacío abismal enorme.
Había cumplido su promesa de forma magistral y muy honorable.
Pero la soledad era una enfermedad que no tenía ninguna cura.
La gloria mundial no podía comprar un abrazo de su mariposa.
Apretaba la esfera imaginando el calor de su dulce sonrisa.
Él era el gran rey de un océano sin sentido alguno.
Cada medalla ganada era un recordatorio de su terrible pérdida.
Vivir sin ella era un castigo verdaderamente insoportable y cruel.
Esperaba pacientemente el día de su propia muerte natural.
Solo en el más allá podrían volver a estar juntos nuevamente.
Su historia fue un trágico poema escrito con mucha sangre.
La mariposa le enseñó a volar dentro del agua fría.
Y él le regaló la eternidad a través de sus grandes victorias.
Las luces del estadio se apagaron dejando todo en oscuridad profunda.
El eco de los aplausos se desvaneció en el gran silencio.
Un campeón solitario lloraba abrazado a un recuerdo de cristal.
El éxito es un maldito castigo cuando nadie lo comparte contigo.